Por banquillo
una trinchera

Se cumplen 99 años del armisticio que puso fin a la Gran Guerra. Deportistas y atletas de todo tipo defendieron naciones e ideales y se dejaron la vida en un campo de batalla muy distinto al habitual.

Rubén Martín Bravo
@Tumiki78
Publicado el 11/11/2017a las 18:55 

TIEMPO DE LECTURA: 22 minutos

Durante las monótonas y dubitativas horas de espera,
antes de que comience el descarado frenesí,
los caballos le muestran poderes más nobles;
¡oh, pacientes ojos, corazones valerosos!

Y cuando estalla el ardiente momento
y ya no piensa en nada más
y sólo la alegría del combate
lo coge del cuello y lo ciega,

a través de la alegría y la ceguera sabrá,
sin preocuparse mucho por saber, pero de todos modos,
que ni el plomo ni el acero le alcanzarán,
que no es la Voluntad del Destino.

La atronadora línea de batalla se alza
y en el aire la muerte gime y canta;
pero el Día lo sujetará con manos fuertes,
y la Noche lo envolverá en suaves alas.

Estos versos bien pudieran ser una metáfora. Un canto al espíritu deportivo. Una ensoñación sobre los momentos previos a un enfrentamiento atlético. Entre dos rivales. Enfrentamiento pacífico, en cualquier caso. Una alegoría de la tensión ante el punto de penalti en fútbol, dos enemigos frente a frente, el portero y el jugador de campo. O la duda frente a la línea de tiros libres en baloncesto, la soledad del lanzador junto a la pelota y el aro. O incluso dos rivales sobre el tapiz de esgrima, presta el arma, atenta la guardia.

Desgraciadamente no es así. El Capitán Julien Grenfell, londinense, escribió esas líneas dos semanas antes de morir. Fue el 13 de mayo de 1915, en un saliente de la localidad belga de Ypres, cuando la esquirla de un proyectil lanzado por la artillería alemana le alcanzó en la cabeza. El 26 de mayo falleció en Boulogne-sur-Mer y dejó ese legado artístico llamado En la batalla (Into Battle), uno de los principales poemas que generó la conocida como Gran Guerra.

A la I Guerra Mundial acudió este británico, excelente atleta, remero y boxeador. Pero no fue el único deportista que se dejó la vida por defender su causa en este conflicto del que este 11 de noviembre se conmemoran 99 años del armisticio. Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría, Imperio Otomano) contra Triple Entente (Reino Unido, Francia, Rusia, Japón, Estados Unidos e Italia en segundo término tras haber comenzado con los primeros). Cinco años de horror en los albores del siglo XX. Se la llamó la Guerra para terminar con todas las Guerras. No sólo no sucedió eso sino que se convirtió en la más sanguinaria hasta el momento.

Medallas de fuego y plomo

Para cuando comenzó la confrontación bélica, se habían celebrado cinco Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Se calcula que unos 137 deportistas olímpicos fueron asesinados en batalla. Jugadores de cricket, de rugby, futbolistas, remeros, esgrimistas, atletas, jinetes… atletas de todo tipo fueron movilizados y obligados a vestir uniforme militar para defender a su país. En lugar de una sana disputa deportiva en los Juegos Olímpicos que se iban a celebrar en Berlín en 1916, fueron obligados a combatir con armas en la Vieja Europa.

El Comité Olímpico Internacional otorgó esos Juegos nunca celebrados a la capital alemana en su sesión de París de junio de 1914. Pero el 28 de julio comenzó la guerra. Pierre de Coubertin pretendía separar la geografía deportiva de la geografía política. Su tesis fue derrotada por el criterio germano y austro-húngaro, según el cual solo debían tomar parte en los Juegos estados soberanos. Los británicos no objetaron, pues podían presentar equipos pertenecientes a Australia, Canadá y Sudáfrica. Solo se opusieron Bohemia (bajo el yugo de Austria-Hungría) y Estados Unidos. Todos pensaban que el conflicto sería corto. Los alemanes, además, creían que iban a arrasar. Por eso, habiendo inaugurado el Deutsches Stadion (antecesor del Estadio Olímpico) en 1913, no renunciaron a la celebración de esos Juegos.

Coubertin también confiaba en una contienda corta y tampoco creyó necesario cambiar la sede, aunque tras la invasión de Bélgica por parte alemana fue presionado para expulsar a los germanos. No obstante, el barón cambió la sede del COI a Lausana en 1915 de modo permanente para evitar interferencias alemanas. En 1916, con 52 años de edad, Coubertin se alistó en el ejército francés aunque, por fortuna para él, colaboró solo en la retaguardia. Fue sustituido, por decisión propia, al frente del COI entre 1916 y 1919 por Godefroy de Blonay.

Un río como tumba

Muchos de los olímpicos masacrados habían sido medallistas de oro en los Juegos de Londres 1908 y Estocolmo 1912. No fue el caso del lanzador de disco Alfred Flaxman, de Yorkshire, que participó en el certamen londinense. Ostentaba el cargo de Segundo Teniente y comandaba un batallón de bombarderos cuando falleció el primer día de batalla en el Río Somme, el 1 de julio de 1916. Pura llama extinguida, como recordaría el historiador Nigel McCrery. Se dice de él que era capaz de lanzar un proyectil a 70 yardas [64 metros] de distancia.

Casi medio millón de hombres fallecieron en 141 días de combate en el Somme, muchos de ellos jóvenes y con talento. Algunos de ellos, como Flaxman, eran además deportistas. Sus vidas quedaron segadas por los proyectiles, las bombas y el fuego. La Legión Real Británica compiló en 2016 una lista llamada los 100 deportistas del Somme.

Otro ejemplo es el caso de Oliver Godfrey, ganador de la primera carrera Tourist Trophy de motociclismo en la Isla de Man en 1911. Cuatro años después de su éxito deportivo, este londinense efectuaba misiones de bombardeo y reconocimiento sobre posiciones alemanas con algunas de las primeras aeronaves de combate empleadas por el Ejército Británico. El 23 de septiembre de 1916, él y sus compañeros del 27º Escuadrón del Cuerpo Aéreo Real fueron interceptados por cinco aviones alemanes. Los comandaba el célebre Barón Rojo, Manfred von Richthofen. Godfrey fue derribado, murió y su cuerpo nunca fue recuperado.

Uno de las bajas olímpicas británicas más recordadas es la del Capitán Noel Chavasse. Se trata de una de las tres personas que recibieron dos veces la Cruz de la Victoria (el galardón más elevado de las Fuerzas Armadas Británicas), y la única en conseguirlo entre 1914 y 1918. Chavasse compitió en 400 metros lisos en los Juegos de 1908, tras los que se enroló en el Cuerpo Médico de la Armada Real para cooperar como Teniente Cirujano. Deportivamente, tampoco tuvo suerte en los Juegos pues finalizó tercero en su manga de clasificación (su hermano Christopher fue segundo) y solo los primeros de cada manga se clasificaban para semifinales.

En la guerra, sin embargo, destacó por su heroísmo, rescatando soldados heridos en las tierras de nadie, a menos de 30 metros de las líneas alemanas, con las balas y bombas silbando sobre su cabeza de manera constante. Fatalmente, un disparo en la cabeza segó su vida el 4 de agosto de 1917 cuando contaba 32 años. Dejó el mundo como el soldado con más condecoraciones de la I Guerra Mundial.

Deportistas para luchar, deportistas para morir

Uno de los atletas más destacados de los Juegos de Londres 1908 fue el jugador de hockey Reginald George Pridmore, máximo goleador de la competición con 10 tantos en apenas tres partidos. Tras anotar tres goles ante Francia y Escocia, marcó cuatro en la victoria 8-1 frente a Irlanda en la final, que dio a Inglaterra el oro. Sin embargo, este antiguo jugador de cricket prestó su último servicio a la patria en el italiano Río Piave el 12 de marzo de 1918.

Puede que los dos atletas más victoriosos asesinados en la Gran Guerra fueran el Segundo Teniente australiano Cecil Healy y el Sargento francés Marie Leon Flameng. El primero era nadador; el segundo, ciclista. Ambos ganaron medallas de todos los metales.

Healy competió en Estocolmo 1912, obteniendo el oro en los 4x200 metros libres y la plata en los 100 metros libres. Incluso consiguió un bronce en 100 metros libres en los llamados Juegos Intercalados de 1906. Estos eran una especie de Juegos alternativos cuatrienales que iban a celebrarse siempre en Atenas, a rebufo de los oficiales organizados por el COI e intercalados entre estos. Supusieron una especie de dádiva del Comité. Pierre de Coubertin no quería que la primera edición de los nuevos Juegos modernos se celebrara en Atenas pero en vista del excelente resultado posterior aceptó esta idea griega… que solo duró esta edición. Las medallas de estos Juegos no están hoy en día reconocidas oficialmente por el COI.

Tras las victorias olímpicas, Healy tuvo la mala fortuna de ingresar en el campo de batalla el mismo año del armisticio, en junio de 1918, falleciendo en su primera escaramuza en la batalla del Monte San Quintín.

Flameng, por su parte, triunfó en los Juegos de Atenas 1896. Su compatriota Paul Masson consiguió tres medallas de oro, pero él fue capaz de arrancar el oro en los 100 kilómetros, la plata en los 10 kilómetros y el bronce en Sprint, todas ellas modalidades de ciclismo en pista. Dos años después de los oropeles olímpicos, se unió al Ejército francés. Consiguió licencia de piloto durante la guerra, pero murió cuando el motor del aeroplano que se encontraba probando falló.

Los primeros Juegos albergaban disciplinas, cuando menos, curiosas: tiro al pichón, natación con obstáculos, duelo a pistola, carrera de globos aerostáticos… En los anteriormente mencionados Juegos Intercalados de 1906 se celebró una competición de juego de la soga o soga-tira. El Teniente Heinrich Schneidereit formó parte del equipo alemán que se llevó el oro, y además alcanzó dos bronces en halterofilia, en las disciplinas hoy abandonadas de levantamiento a una mano y levantamiento a dos manos.

Los Juegos de París 1900 albergaron otra disciplina insólita y que fue la única prueba subacuática de la historia olímpica: los 60 metros bajo el agua. Los franceses Charles Devendeville (soldado) y Andre Jules Henri Six (cabo), que posteriormente lucharían para los Aliados de la Entente, finalizaron primero y segundo, respectivamente, en esta inusual prueba.

Otros ejemplos de olímpicos que fallecieron durante la guerra fueron el del Capitán Henry Maitland Macintosh, enrolado en el 8º Batallón Argyll & Sutherland Highlanders del Regimiento de Infantería del Ejército Británico. Obtuvo el oro en el relevo 4x400 en Estocolmo 2012 pero falleció el 26 de julio de 1918 con 26 años. O el Teniente Comandante Frederick Septimus Kelly, que ganó el oro en remo en Londres 1908, luchó en Gallipoli en 1915 y se dejó la vida el 13 de noviembre de 1916, con 35 años. O el también remero Capitán Alister Graham Kirby, oro en Estocolmo 1912, caído en combate el 29 de marzo de 1917 con 28 años. O el jugador de polo Herbet Haydon Wilson, oro en Londres 1908, fallecido el 11 de abril de 1917 a los 42 años. O el Brigadier General Paul Kenna, representando a Gran Bretaña en Equitación en Estocolmo 1912. Falleció tres años después, cuando ya frisaba 53 años. O el jugador de polo Leslie Cheape. Sus historias son fascinantes.

Batallones especializados

Durante el conflicto, el semanario londinense The Illustrated Sporting and Dramatic News (Noticias Dramáticas y Deportivas Ilustradas) publicaba el Cuadro de Honor de los Deportistas. Se trataba de media página o más dando cuenta, mediante fotografías y obituarios, de la aparentemente inacabable sangría de bajas sufridas por el mundo del deporte.

Los deportistas eran animados a unirse en batallones, siendo los futbolistas y los jugadores de cricket los más reticentes, al menos en Gran Bretaña. Muchos jinetes de alto nivel sirvieron en el 19º de Húsares como soldados, y el 23º y el 24º Batallón de Fusileros, también conocidos como el 1er y 2º Batallón de Deportistas, permitieron unirse a hombres de hasta 45 años, alegando que tendrían un nivel físico superior a la media.

Deportistas de Australia, ante vosotros se os presenta una gran oportunidad, que representa una gran responsabilidad. Así como jugasteis un partido en el pasado, ahora os pedimos que juguéis el partido más grande. Este es vuestro día. El éxito o el fracaso depende de vosotros. Sois necesarios hoy en las trincheras más de lo que nunca lo fuisteis en los campos de fútbol o de cricket. Cuando se diga la última palabra en la gran campaña de hoy, cada hombre sano y en edad militar de Nuevo Gales del Sur que merezca el apelativo de deportista se enrolará en el Batallón Australiano de Deportistas. Os pido que seáis fieles a vosotros mismos, y que os demostreis que mereceis pertenecer a la gran hermandad del deporte.

Con estas palabras apelaba W.M. Hughes, Primer Ministro de Australia, el 27 de julio de 1917, conocido como el Día de reclutamiento de Deportistas. El objetivo de reclutar 750 deportistas para la causa guerrera se saldó en tan solo 241 voluntario presentados. Formaba parte de una campaña largamente planeada para que los atletas se unieran a la Fuerza Imperial Australiana bajo los pendones del Batallón de Deportistas y los llamados 1.000 deportistas. Este intento de reclutamiento en las antípodas del mundo representa perfectamente cómo se intentaba arrastrar a los deportistas a la batalla, en pos de la gloria militar y patriótica.

Tras el desembarco australiano en Gallipoli (Turquía) el 25 de abril de 1915, los soldados fueron descritos como una raza de atletas por la periodista británica Ellis Ashmead-Bartlett. Con ello reflejó la prevalencia tanto en Gran Bretaña como en Australia de la idea de masculinidad de las épocas victoriana y eduardiana tardías. Dicha idea proclama que probar la hombría en el campo de juego era un mero entrenamiento para el partido mayor de demostrar la hombría en el campo de batalla. La idea de que los hombres australianos, que sobresalieron en los deportes antes de la I Guerra Mundial, habían demostrado y defendido su virilidad y la de la nación en Gallipoli encontró asiento dentro de la identidad nacional australiana.

El fútbol en la trinchera

Se estableció en el Ejército Británico un Batallón de Futbolistas (fundado el 21 de diciembre de 1914), aunque el deporte rey acaparó numerosas críticas durante la contienda al considerarse que los jóvenes perdían el tiempo viendo a hombres patear una pelota en lugar de cumplir con su deber (The Tatler, noviembre de 1914). Incluso Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes además de futbolista amateur y jugador de cricket en el Marylebone Cricket Club, declaro: “Si el jugador de cricket mira directamente a los ojos, que mire a través del cañón de un rifle. Si un futbolista tiene fuerza en las extremidades, dejadles servir y marchar en el campo de batalla.” Finalmente, los partidos de fútbol se suspenderían en las Islas Británicas en la primavera de 1915. De los cerca de 5.000 futbolistas profesionales de la época, más de 2.000 de alistaron finalmente.

Quien tenga la suerte de viajar a Edimburgo y dedicar unos minutos a pasear cerca del Estadio Tynecastle, se encontrará una placa. En una grada del feudo del Heart of Midlothian ese memorial recuerda a los jugadores del equipo fallecidos en la guerra. Corría la temporada 1914-1915, el club comandaba la Liga Escocesa y estaba lanzado hacia el título. Pero esas presiones y acusaciones de cobardía y traición hacia los jugadores por no querer defender a su país, crecían. Y todo pese a que por contrato, los jugadores debían mantenerse fieles a su club. Sin embargo, el 25 de noviembre de 1914, 11 jugadores, 11 corazones, se presentaron como voluntarios para el recién creado 16º Batallón Real Escocés. Oficiosamente se les conocía como los de McCrae, en honor a su fundador y reclutador jefe, Sir George McCrae.

Al final, fueron 16 los jugadores del Heart que acabaron enrolándose en la guerra, catalizador que empujó a jugadores de otros clubes escoceses como el Dunfermline, el East Fire, el Falkirk, el Hibernian o el Raith Rovers. También cientos de seguidores se animaron tras el paso al frente de los jugadores. De Inglaterra, llegaron jugadores del Clapton Orient (actual Leyton Orient), por ejemplo. De todos ellos, tres del Orient y siete del primer equipo del Heart fallecieron en combate.

Tres del Hearts, Harrie Wattie, Duncan Currie y Ernie Ellis, no duraron ni el primer día en el Somme. Otro, Paddy Crossan sufría tales heridas que debían amputarle su pierna derecha. Crossan, sin embargo, pleiteó con el cirujano alemán que le atendía para que no le operara. “Necesito mis piernas. Soy un futbolista.” Pretendía así salvar su carrera. Finalmente, Crossan salvó la pierna pero murió debido al envenenamiento con gas en los pulmones sufrido en el frente.

De nada valió entonces un envío remitido por los dirigentes del Heart al frente: contenía 240 pares de calcetines, 5.000 cigarrillos, 20 envases de jabón, 100 cajas de roca de Edimburgo (un tipo de dulce)… y, por supuesto, 14 pares de botas de fútbol, tres balones y una bomba… para hincharlos.

El Bradford City llegó a perder hasta seis jugadores del primer equipo en la contienda. Nada comparable con los 70 jugadores y miembros que llegaron a perder en el Corinthians amateur. Fallecieron en combate futbolistas célebres como el campeón de Liga y Copa con el Manchester United Oscar Linkson; el delantero del Reading Allen Foster; el interior del Aston Villa William Gerrish; el defensa del Clapton Orient George Scott. Otros jugadores como Donald Simpson, Tim Coleman o Jimmy Speirs llegaron, sin embargo, a ser condecorados.

No obstante, la Cruz de la Victoria más orgullosa del fútbol británico fue la del Segundo Teniente Donald Bell, un defensa central del Bradford Park Avenue [no confundir con el Bradford City arriba mencionado], que participó en la ofensiva del Somme en 1916. Con el bolsillo lleno de granadas, atacó él solo un puesto de ametralladoras enemigo. Cuando trató de repetir la hazaña cinco días después fue masacrado. Los historiadores coinciden en que la proximidad de ambos actos de valentía y el hecho de que la primera cruz no le hubiera sido concedida cuando murió, provocó que Bell no recibiera una segunda cruz. Merece la pena leer las conmovedoras cartas a su mujer, con la que contrajo matrimonio el día antes de marchar al frente francés.

Evidentemente, el acontecimiento más conocido que el fútbol aportó a la Gran Guerra sucedió durante la conocida como Tregua de Navidad. Se trata de aquellos célebres partidos entre soldados británicos y alemanes en diversos puntos de la línea del frente occidental que parece ser que se disputaron durante la Navidad de 1914 . Aunque hay testimonios en cartas de soldados de ambos bandos, el hecho aún genera controversia histórica. Además de fútbol, los soldados intercambiaron regalos y comida en una extraña muestra de camaradería en aquellos primeros compases de la guerra. Al año siguiente, las autoridades no permitirían semejantes confraternizaciones.

Tradiciones, iconos e hijos pródigos

Si el fútbol tardó pero acabó parando durante la guerra en Gran Bretaña, la mayor parte de deportes suspendieron sus actividades tan pronto el conflicto comenzó. El torneo tenístico de Wimbledon anunció que no se disputaría mientras la guerra continuara. Las carreras de caballos seguirían en marcha pero sin su componente social (especialmente al anunciar el Rey Jorge VI que no acudiría a Ascot). La caza, icono de las tradiciones británicas y fuente de recursos equinos para uso militar, siguió pero con muchas mujeres ocupando el lugar como Maestras de Caza del Zorro, al haber acudido todos los hombres al frente. Aunque hay imágenes que demuestran que la pasión no se pudo desligar del todo de la batalla: así, oficiales británicos cazaron liebres cerca del frente alemán con la autorización de las autoridades militares.

Otro icono del deporte británico es el cricket. Gran Bretaña perdió a 34 de los 210 jugadores que se embarcaron en la locura patrótica. Entre ellos estaban Percy Jeeves, abatido en el Somme en 1916; o Colin Blythe, que anotó 100 wickets para Inglaterra en 19 partidos, fallecido en Passchendaele en noviembre de 1917.

La ciudad de Northampton puede sentirse orgullosa de dos de sus deportistas locales. Uno fue Edgar Mobbs. Con 1,82 de estatura, el capitán del equipo de rugby de los Saints, que ostentó dicho honor durante seis temporadas, demostró su liderazgo también en la guerra. Nada menos que formó su propio cuerpo de fuerzas especiales, 400 voluntarios (entusiastas del rugby de Northamptonshire y Bedford) que se unieron a lo que se conoció como el Batallón de los Deportistas. Formaron parte del Regimiento Northamptonshire. En pleno fragor de la batalla, el ya Teniente Coronel Mobbs atacó personalmente un puesto de ametralladoras en la Batalla de Passchendaele. Aunque ya había sido herido tres veces durante la contienda, esta vez recibió un disparo directo en el cuello. Mientras caía, facilitó el mapa de referencia del enemigo que había robado a un corredor del Batallón. Se le premió con la Orden del Servicio Distinguido, pero él jamás regresó a su hogar.

Sixfields, el estadio del Northampton Town, apenas dista 1.600 metros de Franklin´s Gardens, el estadio de rugby donde Mobbs y los Saints luchaban deportivamente. El otro hijo pródigo de esta ciudad en la Gran Guerra fue Walter Tull Way. Él jugaba al fútbol en el Nortahmpton Town. Había sido extremo en el Tottenham antes de unirse a los Cobblers. Con padre de Barbados y madre de Kent, este jugador hizo historia en el campo aunque sufría insultos racistas al ser negro. En la Guerra también dejó huella. Se unió al 1er Batallón de Futbolistas del 17º Regimiento de Middlesex (conocidos como duros de pelar; pese a su nombre, eran escasos los futbolistas que formaban parte de él) y sirvió en el frente occidental.

Tull se convirtió en 1917 en el primer oficial negro del Ejército Británico. Como nieto de esclavo, era todo un hito para él, ya que creció en un orfanato tras morir sus padres. Tras sufrir un impacto de metralla en el Somme, murió con 29 años de un disparo en la cabeza. Había sobrevivido a seis de las mayores batallas de la guerra. Fue abatido, sin embargo, en una menor. Aunque sus hombres se esforzaron varias veces en llevar su cuerpo de vuelta a Gran Bretaña, nunca fue recuperado.

Mujeres para la victoria

Mientras los hombres británicos peleaban en el frente, las mujeres estaban obligadas a cumplir importantes labores en su país. Miles de ellas trabajaron ardua y peligrosamente en fábricas de munición. Por ello, el deporte funcionaba como saludable evasión. Horarios excesivos, malas condiciones de trabajo, empleando agentes químicos peligrosos… Las llamadas canarios, por ejemplo, empleaban TNT, lo que les causaba ictericia tóxica y tornaba su piel amarillenta.

En este contexto, los equipos deportivos femeninos se extendieron. Son famosas las Dick & Kerr´s Ladies de Preston, todas unas celebridades de la época, de las que existe amplia documentación e incluso series de TV y obras de teatro. Se creó la Copa de las Municioneras, que convocó a 30 equipos del Noreste de Londres. Destacó sobre todo Bella Reay. Enrolada en las Spartans Ladies, anotó 133 goles en una sola temporada. Este conjunto permaneció imbatido durante dos años. Reay marcó un hat-trick en la final de la copa mencionada ante 22.000 personas, en Ayresome Park (Middlesbrough), en 1918. Llegó a representar a Inglaterra, para la que anotó 101 goles en 32 partidos.

Había tanta pasión por el juego que se dice que la lateral del Blyth, Jennie Morgan, se escapó de su boda para jugar en un partido… y anotar dos goles. Pero en 1918 la Guerra terminó, las fábricas de munición cesaron su actividad y los equipos se disolvieron. En 1921, la Football Association (la Federación de Fútbol Británica) emitió un infame edicto por el que se decretaba el fútbol como deporte poco adecuado para la mujer. Y, de hecho, los equipos femeninos permanecieron prohibidos durante 50 años.

Epitafio ovalado

El mundo del rugby también sufrió en sus carnes el drama de la contienda. Ya hemos hablado del británico Mobbs. El que fue capitán de Inglaterra y ala Ronnie Poulton-Palmer, que anotó cuatro ensayos contra Francia en 1914, pereció en Ploegsteert Wood el 5 de mayo de 1915. Fue uno de los 26 internacionales que el quince de la rosa perdió en la guerra. Otro de ellos, Arthur Harrison, recibió una Cruz de la Victoria póstuma por sus méritos en Zeebrugge en abril de 1918.

Haciendo recuento de los jugadores internacionales de rugby fallecidos, además de los 26 ingleses, perecieron en el conflicto 30 escoceses, 23 franceses, 14 galeses, 12 neozelandeses, nueve australianos, nueve irlandeses y cuatro sudafricanos. Ninguna selección se libró de la carnicería. De los All Blacks de Nueva Zelanda, el caso más célebre fue el de Dave Gallaher, el símbolo alrededor del que se formó este conjunto en 1905. Se encontraba en las colinas de Ypres y vio la muerte en la ofensiva de Passchendaele del 4 de octubre de 1917. Hoy, el helecho plateado motea su tumba en el cementerio Nine Elms de Poperinge.

Nueva Zelanda no solo perdió jugadores de rugby. El tenista Tony Wilding fue asesinado en Neuve Chapelle el 9 de mayo de 1915. Wilding había conquistado cuatro títulos consecutivos de Wimbledon, así como numerosos trofeos en la modalidad de dobles.

No todos los deportistas que fueron héroes en la guerra, perecieron para no poder contarlo. El mundo del tenis debe al estadounidense Dwight F. Davis su máxima competición de naciones: la homónima Copa Davis. Él y otros miembros del equipo de tenis de Harvard quisieron organizar un partido entre Estados Unidos y Gran Bretaña allá por 1900. Amén de fundar el evento, Davis fue galardonado con la Cruz al Mérito Distinguido por “su extraordinario heroísmo en combate entre Baulny y Chaudron Farm, Francia, el 29 y 30 de septiembre de 1918″.

El informe de condecoración lo relataba así: “Tras sufrir la metralla y el fuego de ametralladora durante tres días, haciendo gala de insólito valor y lealtad al deber, el Mayor Davis, entonces ayudante en la 69ª Brigada de Infantería, voluntariamente y haciendo frente al intenso fuego de ametralladora y de artillería enemigo procedente de varios puntos en su sector, ayudó a reorganizar las posiciones y reemplazar unidades de la brigada, obligándole esta labor autoimpuesta a concentrar en él el fuego enemigo.

El 28 de septiembre de 1918, advirtiendo que un fuerte contraataque que progresaba con éxito había sido lanzado por el enemigo en el risco de Baulny, reunió de forma voluntaria a tanto hombre de especial lealtad como pudo encontrar, y corrió con ellos para reforzar la línea bajo el ataque enemigo, exponiéndose él mismo con tal frialdad y coraje que su conducta inspiró a las tropas en esta crisis y les permitió resisitir ante un enemigo superior en número.”

Tras el conflicto bélico, Davis sirvió como Ministro de la Guerra del Presidente estadounidense Calvin Coolidge y fue nombrado Gobernador general de Filipinas. Hoy, sus restos reposan en el Cementerio Nacional de Arlington, en Washington.

Punto y final

El 11 de noviembre de 1918 Alemania firma su derrota en Compiègne y los combates cesan. La horrible Gran Guerra finaliza tras más de nueve millones y medio de muertos y veintiún millones de heridos. El ideario olímpico como promotor de paz cayó en el descrédito y las competiciones deportivas entraron en colapso.

Sin embargo, el deporte parecía ser incapaz de separarse del recuerdo de la batalla. En 1919 se celebraron en París, ante la indiferencia general, unos llamados Juegos Interaliados en los que únicamente participaban los vencedores. Los organizó el General Pershing (miembro del Comité Olímpico Estadounidense) y la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes). La final de rugby se celebró el mismo día de la firma del Tratado de Versalles. Y una de las pruebas de la competición consistió en lanzamiento de granadas de mano. Eso lo dice todo.

Parecía que la guerra seguía muy presente pero, aún con Europa y el mundo desgarrados y traumatizados, al menos firmada en un papel, reinaba la paz. A partir de los Juegos de Amberes en 1920, el deporte intentaría recuperarse de una sangría inhumana que también le afectó de cerca©RELEVO

Julien Grenfell como remero.

 

Alfred Flaxman.

 

Oliver Godfrey.

 

Noel Chavasse.

Reginald George Pridmore.

 

Cecil Healy.

 

60 metros subacuáticos de los Juegos Olímpicos de París 1900.

 

Llamamiento británico que animaba al resto de deportistas a seguir el ejemplo de los jugadores de rugby. Según este pasquín, el 90% de ellos se habían alistado en el Ejército.

 

Placa memorial del Tynecastle Stadium de Edimburgo en honor de los jugadores del Heart of Midlothian fallecidos en la guerra.

 

Edgar Mobbs.

Walter Tull.

Equipo de la Fábrica de Munición Sterling en 1918.

Bella Reay.

Dave Gallaher.

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