Rubén Martín Bravo

Publicado el 16/1/2018 a las 11:30

TIEMPO DE LECTURA: 8 minutos

Fon vivía rápido. Muy rápido. Y no le importó morir rápido. Lo contrario hubiera sido desperdiciar absurdamente el modesto tiempo que se nos concede en este mundo. Él hizo honor a esa premisa. Tiempo escaso, mucho menos el suyo. Pero él casi lo quiso así. Exprimió a fondo 28 escasos años de existencia como solo pocos pueden hacerlo. Si bien, en su caso, desde un origen noble y un presente desahogado económicamente.

Su primer nombre era Alfonso. Luego seguían muchos más. Sus apellidos: Cabeza de Vaca y Leighton. Corría por sus venas sangre de explorador, de conquistador. Álvar Núñez hubiera estado orgulloso. No hubiera extrañado ver a Fon llegando a La Florida y picando una bandera en nombre de su país de origen, que no de nacimiento.

Era Fon para los amigos. Fue Marqués de Portago para la posteridad. Su Casa nobiliaria procedía del título que Felipe V concedió a su entonces Tesorero General de Hacienda, José Gómez de Terán, en 1744. El título se convirtió en Grandeza de España en 1909 bajo Alfonso XIII. Fon, Alfonso, fue el undécimo de su estirpe, tras su padre Antonio. El propio Rey fue su padrino de bautizo.

Nació en Londres en el seno de una familia aristócrata con un envidiable capital. A un presente sin problemas económicos se le sumó la falta del referente paterno, pues su progenitor falleció cuando él tenía 12 años. Ambos factores promovieron su gusto por la vida, los lujos y el riesgo.

Hoy se le conoce sobre todo por su faceta automovilística. Pero era muy popular también por su vida sentimental. Su atractivo físico, su riqueza y su juventud le convirtieron en todo un galán y amante de las fiestas de alta sociedad.

Su amigo y piloto Nano da Silva le introdujo en la competición a cuatro ruedas y Alfonso, aunque apenas sabía cambiar de marchas, progresó con gran ahínco y temeridad. Tanto como para conquistar a pilotos míticos de la talla de Fangio, Moss o Collins y acabar como miembro oficial del equipo Ferrari de Fórmula 1 de Don Enzo en 1956. Era tremendamente alocado y dejó una frase que rezaba: “el piloto suele morir en domingo por la tarde”.

Pero no solo le fascinan los automóviles. Al joven Alfonso le atraen desde disciplinas más acomodadas como el polo, el golf o la esgrima hasta experiencias físicas como la pelota vasca, la natación o el boxeo. Destacó en hípica, llegando a ser campeón amateur de Francia, y corrió dos veces el famoso Grand National británico.

Pero no era ajeno a disciplinas de invierno como el esquí o el skeleton. Acostumbraba a acudir a la estación de St. Moritz (Suiza), sede de unas estupendas instalaciones de skeleton y bobsleigh. De la mano de su amigo Edmund Nelson conoció el mundo de los trineos y Alfonso llegó a batir el récord de la mítica Cresta Run (sede del skeleton en los Juegos de 1928 y 1948 celebrados en dicha ciudad).

Y es en ese punto donde surge un nuevo y loco proyecto para su vida de infarto como es el de representar a España en la competición de bobsleigh en los Juegos Olímpicos de Invierno de Cortina d’Ampezzo (Italia) de 1956. Tenía 27 años y nunca antes nuestro país había participado en esta modalidad.

Tal y como nos confirma Fernando Arrechea, Doctor en Ciencias del Deporte, en su magnífico blog Olimpismo, Alfonso de Portago sufragó de su propio bolsillo esta genial aventura que a más de uno le evocará reminiscencias de los jamaicanos de Calgary 1988. Portago decidió pagar dos equipos, uno de cuatro componentes y otro de dos.

Al no residir en España (debido a sus obligaciones del buen vivir), no conocía deportistas españoles del ramo con los que embarcarse a bordo. Por tanto, serán dos primos suyos de Madrid y diversas amistades los que se sumen con él al reto. Su primo hermano Vicente Sartorius Cabeza de Vaca iría con Alfonso en el bobs a dos; Gonzalo Taboada y Martínez de Irujo y Luis Muñoz Cabrero se unirán a ellos en el bobs a cuatro.

Según afirma Arrechea, Antonio Marino, Enrique Martorell y el periodista Andrés Mercé Valera también estaba inscritos pero no llegaron a participar, citando fuentes de La Vanguardia, aunque la investigación de nuestro compañero otorga dudas a estos supuestos pues ese tal Antonio Marino bien podría ser Antonio Sartorius, Marqués de Mariño.

Pese a la escasa semana de entrenamientos programada en Suiza por Portago, los trineos recién comprados y la premeditación del plan, el equipo se preparó para lo imposible. En aquellos años, el bobsleigh dependía organizativamente de la Federación Española de Patinaje, a cuyo frente se encontraba Juan Antonio Samaranch.

El barcelonés apoyó la aventura de Portago, aunque sus caracteres e ideologías no podían ser más dispares. Alfonso es descrito como un monárquico antifranquista; Samaranch haría carrera fecunda dentro del régimen de Franco como Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, Presidente del Comité Olímpico Español y Presidente de la Diputación de Barcelona –amén de procurador en Cortes desde 1964- antes de llegar al COI.

El COE y la federación no veían con buenos ojos la aventura debido a la escasa docilidad de Alfonso. La prensa prefería la intentona de Darío Villalba, un patinador que también intentaba llegar a los Juegos por sus propios medios con apenas 17 años. [El que sí participó en Cortina d’Ampezzo fue Luis Arias Carralón en esquí alpino].

Incluso, pese a la censura informativa, llegaron a filtrarse roces y desencuentros verbales entre Samaranch y Portago (en La Vanguardia de nuevo, tal y como cuenta Arrechea). Parece ser que Samaranch, que fue el Jefe de la Delegación Española en Cortina d’Ampezzo, llegó a sugerirle a nuestro protagonista que entrenara más. Alfonso respondió con ironía y flema británica y se burló del nulo (entonces) dominio del inglés de Samaranch.

Pese a las reticencias federativas, a la presión, a la inexperiencia y a la novedad, el equipo de cuatro noveles participó a bordo del trineo España II en Cortina d’Ampezzo, al noreste de Italia. En los entrenamientos suizos improvisados, las caídas y golpes del equipo habían provocado burlas unánimes. En los Juegos sorprenderían a propios y extraños.

Según descubre Arrechea, el trineo España I se inscribió para permitir viajar a directivos sin intención de participar (parece que poco ha cambiado en cuanto a las comitivas federativas hispanas). Así, el combo a dos Portago-Sartorius participó con el España II, el trineo real, pero esto les obligó a una salida más tardía y a lamentar un trazado más sucio, lo que lastró sus posibilidades de metal (que ya era de por sí mucho pensar).

A pesar de una nueva desventaja, Portago y su primo quedaron nada menos que cuartos, a catorce centésimas del bronce. El oro fue para el Italia I de Dalla Costa-Conti, la plata para el Italia II de Monti-Alverà (Eugenio Monti da hoy nombre a la pista de Cortina) y el bronce para el Suiza I de Angst-Warburton. Los españoles hicieron unos tiempos de 1 m 24 s 81 ct en la primera carrera, 1 m 23 s 77 ct en la segunda, 1 m 24 s 03 ct en la tercera y 1 m 24 s 99 ct en la cuarta (total de 5 m 37 s 60 ct). Dadas las circunstancias y los antecedentes, un verdadero triunfo moral. El cuádruple bobs, por su parte, quedó en noveno puesto a más de 7 segundos del podio, conformado por Suiza I, Italia II y Estados Unidos I.

La aventura tuvo algo más de recorrido un año más tarde con el bronce, ahora sí, que Portago y Luis Muñoz consiguieron en los Campeonatos del Mundo celebrados en St. Moritz. Fue la primera medalla española en la historia de este deporte hasta que llegó una plata con el cuádruple en el Europeo de 1970 con Baturone, Rosal, Satorre y Pérez Vega. Solo falta que alguien cierre el círculo con un metal en unos Juegos Olímpicos. Pero Pyeongchang 2018 no verá competir a ningún español en este deporte. No obstante, la Federación Español de Deportes de Hielo tienen un plan en marcha para formar un equipo de futuro.

Alfonso de Portago murió poco meses después de aquel bronce mundial corriendo la mítica carrera automovilística Mille Miglia. Iba a los mandos de un Ferrari 335S de 390 cv, por imposición de Enzo Ferrari. Era domingo, 12 de mayo de 1957, cuatro de la tarde, Corte Colomba, Italia. Dos horas antes, en Roma, Fon pierde tiempo para parar su bólido y besar a su amante, Linda Christian. Pocos días antes había declarado: ”si muriese mañana, no por ello hubiese dejado de vivir 28 años maravillosos”.

El último escalón de la aventura invernal de Portago pudo subirse cuando en 1960, tal y como apunta Arrechea, los hermanos Sartorius, Luis Muñoz y Miguel de la Quadra Salcedo trataron de reconstruir el equipo primigenio. Rescataron el bobs de dos plazas de Portago y compraron uno nuevo de cuatro. Pero lamentablemente, en Squaw Valley no hubo competición de este deporte. España, de la mano de Samaranch -ya como Presidente del COE- y Sixto Quintana -futuro presidente de la federación, creada en 1969-, volvería en bobsleigh y debutaría además en luge en Grenoble 1968.

Alfonso de Portago dejó sin duda un bello cadáver. Hoy algo olvidado. Pero con lugar privilegiado, como un pionero más, en la historia del deporte español. ©RELEVO

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