Bea Lara

Publicado el 28/1/2018 a las 17:50

TIEMPO DE LECTURA: 8 minutos

Cuando los medios alimentan ciertas historias aprovechando para presentarlas como peleas de gatas, obviando los logros deportivos de las implicadas, entramos dentro de ese espacio en los medios dedicado a las deportistas por cuestiones extradeportivas. Eso sucedió en la cita olímpica de Lillehammer 1994, en la que una de las historias más recordadas implica a dos deportistas a las que unía bandera, deporte y rivalidad, pero donde el deporte solo es un telón de fondo.

Tonya Harding (Portland, 1970) podría ser recordada por su fantástica técnica de salto. Fue la primera mujer americana -la segunda del mundo- en realizar un triple axel (el axel es el salto considerado de mayor dificultad y mejor puntuado en patinaje sobre hielo), en el Campeonato de Estados Unidos de 1991, lo que le valió el oro. Precisamente por su técnica de salto, su fuerte era el programa libre, aunque tenía dificultades en los cortos por las figuras obligatorias.

Nancy Kerrigan (Stoneham, 1969) debería ser conocida por su bronce en el Campeonato Mundial de 1991 y en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1992, y por su plata en el Campeonato Mundial de 1992 y en los Juegos Olímpicos de 1994. Quizá también por unos nervios que, a veces, le jugaban malas pasadas y por ser una de las novias de América: elegante y encantadora, se ganaba al público y a los patrocinadores con facilidad. Entre sus lucrativas ofertas de patrocinio, Campbell, Revlon y Reebok. Vera Wang, famosa por sus vestidos de novia, prestó su aguja para diseñar los atuendos de patinaje de Kerrigan que le hacían parecer una princesa.

El veneno de los roles de género

Era precisamente su aspecto de princesa -pese a provenir de una familia de clase trabajadora, en la que su padre incluso tuvo que pulir pistas de hielo a cambio de clases de patinaje para ella- una de las cosas que Harding envidiaba de Kerrigan. En un deporte tan machista, en el que el aspecto físico y la actitud de género normativa suman puntos (recuerden la historia de John Curry y la necesaria masculinización de su patinaje), Tonya sentía que Nancy, con su sonrisa, su elegancia, sus rutinas acompañadas de música clásica y su aspecto de princesa tenía muchos más puntos que ella sin ni siquiera necesitar poner las cuchillas en la pista.

Nancy Kerrigan era exactamente lo que se esperaba de una patinadora sobre hielo. Mientras, Tonya Harding tenía un estilo mucho más agresivo, a ritmo de rock, y una apariencia menos impresionante, con 1,55 m de altura, con un aspecto y elecciones de vestuario menos acordes a los cánones. Esta sensación de amenaza que Harding sentía al compararse a Kerrigan se acentuó a partir de 1992, donde sus resultados empezaron a decaer: quedó sexta en el Campeonato Mundial, mientras Kerrigan ganaba una plata. El año preolímpico no fue bien para ninguna de las dos, pero Tonya ni siquiera logró clasificarse para el Campeonato Mundial.

El porrazo que se escuchó en todo el mundo

“La princesa suprema del hielo contra la chusma ignorante”, definió el duelo una amiga de Harding en el documental The Price of Gold. “Ella es la princesa y yo un montón de mierda”, llegó a afirmar Harding. La autoestima de Tonya Harding a poco más de un mes de la cita en Lillehammer 1994 debía estar por los suelos, pese a saber que, en lo que a competición deportiva se refería, no estaban tan lejos como los medios, el público y los jueces parecían verlo: técnicamente estaban muy cerca la una de la otra.

El Campeonato de Estados Unidos de Detroit de 1994 decidiría las dos dueñas de las plazas olímpicas para Lillehammer. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, gritaba desde el suelo Nancy Kerrigan el 6 de enero al poco de terminar su entrenamiento. La encontraron en el suelo agarrándose la rodilla después de que un hombre que se había dado a la fuga le hubiera golpeado la pierna con una barra metálica. “Me golpearon justo por encima de la rótula, si me hubieran golpeado un poco más abajo, mi rótula se habría roto; solo un poco más arriba, todo el músculo se habría calcificado“, dijo Kerrigan en la televisión australiana en 2017 repasando el incidente.

Tras el ataque, Tonya Harding fue la campeona nacional y logró su plaza para los Juegos. Se contaba con que Kerrigan no podría clasificarse para los Juegos Olímpicos, debido a la lesión provocada por el ataque. Pero la Federación, atendiendo a cómo se habían producido los hechos, le cedió igualmente la plaza. La patinadora afectada por esta decisión era la entonces jovencísima Michelle Kwan (1980), que con el tiempo se demostró como una de las mejores patinadoras estadounidenses, con una plata y un bronce olímpicos y cinco Mundiales.

En los Juegos Olímpicos de Lillehammer, el aspecto de Harding y el de Kerrigan eran como la noche y el día: una recargada, la otra sencilla y elegante. Una vez más, la que cumplía con lo esperado, lo deseable, y la que no lo hacía. Esta vez, también fue así en lo deportivo: Kerrigan consiguió una plata -las malas lenguas dicen que el oro se le escapó como castigo de los jueces puristas al espectáculo montado por el ataque-, mientras Harding no rindió como esperaba, abrumada por la presión, y rompió a llorar tras su ejercicio.

¿Organizó Tonya Harding el ataque? Tras los Juegos Olímpicos, se declaró culpable de obstrucción a la justicia, confesando que se enteró de quién estaba detrás del ataque a Kerrigan después de que ocurriera y no se lo comunicó a la policía. Por sospechas de que Harding sabía algo del ataque de antemano, la Asociación de Patinaje Estadounidense le arrebató el título ganado en el Campeonato Nacional de Detroit de 1994. En su autobiografía reconoce que así era: sabía que iba a suceder. Tonya fue declarada persona non grata y se alejó de las pistas de patinaje sobre hielo.

Competencia enfermiza

¿Qué pasa cuando mezclas la competencia deportiva -sana, casi siempre- con el veneno de la competencia entre mujeres con el que nos educa el patriarcado? No creo que a mediados de los 90 mucha gente hiciera esta lectura del incidente que nos ocupa… Incluso hasta hace poco, no muchos análisis lo mencionaban. Tonya Harding se convirtió en la villana del patinaje artístico. Ahora, con la película que recopila su vida, I, Tonya, su historia ha sido rescatada por algunos medios. La película se centra en intentar redimir a la expatinadora contando el supuesto maltrato sufrido a manos de su madre y presentándola como víctima de clase y misoginia por el trato que los medios y la opinión pública dieron a su caso.

Tonya Harding acudió a los Globos de Oro que se celebraron hace pocos días, vestida de negro como dictaba la etiqueta del movimiento #TimesUp contra el acoso sexual. Algunos la intentan recuperar como símbolo del feminismo. Pero esto obvia a Nancy Kerrigan… Esto, y la película, donde solo aparece dos minutos, en la escena donde se produce el ataque. Kerrigan también sufrió la misoginia galopante de los medios en los 90, una vez fue puesta en el punto de mira tras el ataque.

Tonya Harding, Nancy Kerrigan y Kristi Yamaguchi fueron parte de una generación que llevó a Estados Unidos a lo más alto a principios de los 90 y, aunque reconocidas en su deporte, el patinaje sobre hielo no copa portadas. Excepto por lo extradeportivo. Tras ese 6 de enero, Kerrigan sería conocida… Pero no por sus piruetas, giros y triunfos deportivos. Estaría en el ojo del huracán por otras razones.

Primero, la princesa que todos tenían en la cabeza no se ajustaba a la víctima que ellos esperaban. En la ceremonia olímpica de entrega de medallas, la organización tuvo problemas para encontrar el himno de Ucrania para que sonara en honor al oro de Oskana Baiul. Kerrigan, que no era una chica paciente, se quejó pensando que el retraso se debía a que Baiul se estaba maquillando. Cuando Disney la quiso para su colección de princesas, un micro la captó renegando del acto: “Qué cursi es esto, esto es lo más tonto que he hecho en mi vida.” Una princesa no tiene derecho a quejarse. Ser elegante, guapa y estar callada es su trabajo.

Tras esto, saltó otro escándalo, relacionado con una relación amorosa con su manager, un hombre casado. “Is Nancy a bitch?”, dijo algún medio empapado en misoginia. También fue acusada de victimizarse, pero no hay mejor argumento que este para entender que el incidente no es algo por lo que le gustaría ser recordado ningún deportista: “Trabajé muy duro durante muchos años para llegar a los Juegos Olímpicos, hice un buen papel. Es lo que preferiría tener en mente […] ¿Quién en su sano juicio pediría ser atacado? Nunca desearía eso en nadie. Si pudiera cambiarlo, por supuesto que lo haría.”

Amén. Recordemos la actuación de Nancy Kerrigan en Lillehammer 1994:

©RELEVO

Enviar comentario

Únete a la lista de correo de RELEVO
y entérate de todas nuestras novedades