José M. Amorós
Publicado el 27/1/2018 a las 15:00
TIEMPO DE LECTURA: 6 minutos

La historia moderna de la humanidad ha ido unida de la mano a la aparición de niños prodigio, que han dejado boquiabiertos a los mayores que alucinaban con sus consecuciones nada habituales para su edad. Como Wolfgang Amadeus Mozart, que con solo 5 años ya tocaba el piano y el violín, componiendo complicadas obras musicales. O el gran Pablo Picasso, que con 15 años ya exponía sus pinturas y recibía menciones de honor en Bellas Artes. Pero el deporte también ha tenido grandes nombres que han deslumbrado al mundo con sus éxitos y han provocado la rendición de sus rivales. Como Robert Bobby Fischer, el maestro de ajedrez internacional más joven de la historia tras derrotar al campeón ruso Boris Spassky en el Mundial. En esta ilustre lista de adelantados a su tiempo se encuentra el protagonista de esta historia.

La dureza de los Juegos Olímpicos de Invierno es algo que nadie duda. El frío, la nieve o el hielo no hacen presagiar la aparición de un niño en una lucha entre mayores. La competición de saltos de esquí de Albertville 1992 llegaba con novedades. En los últimos meses, los saltadores habían cambiado su modo de saltar al denominado como estilo V. Anteriormente, los grandes campeones habían conseguido sus éxitos con saltos con el tradicional estilo paralelo con ambos esquís rectos con el cuerpo. Algunos innovadores empezaron a realizar grandes saltos con el novedoso sistema y poco a poco se fue convirtiendo en el estilo más popular. Se rindió al cambio hasta Matti Nykänen, el saltador finlandés que había dominado las competiciones internacionales en la década de los 80, que meses antes de los Juegos se convirtió también en hombre V. Tanto fue así que el bueno de Matti se pasó al mundo de la canción y en ese 1992 sacó un tema llamado Estilo V.

La modernización del salto podría abrir un hueco a la sorpresa en el podio olímpico. Quien más acostumbrado estuviera al nuevo modo de saltar podría partir con ventaja simplemente por la experiencia ya adquirida. Los más jóvenes no practicaban el estilo tradicional y se declinaban ya por el V. La prueba de fuego previa a Albertville era la competición por excelencia de los saltos de esquí: los Cuatro Trampolines. Allí debían mostrar sus bazas y estados de forma pero también, sobre todo, su adaptación al nuevo estilo. Y allí iba a aparecer nuestro niño prodigio en su máximo esplendor. Un joven finlandés nacido hacía solo 16 años en Lathi y llamado Toni Nieminen se hacía con la victoria en tres de las cuatro pruebas (Oberstdorf, Innsbruck y Bischofshofen) y se quedó a solo medio punto del austríaco Andreas Felder en Garmisch-Partenkirchen el día de Año Nuevo. Se convertía así en el ganador más joven de la historia de la competición.

Los días posteriores a la consecución del torneo, era raro no ver en cada portada de Finlandia al niño Nieminen. En esos primeros días de 1992, Nieminen tenía solo dos lugares donde podía estar en paz: la plataforma de saltos y la habitación del hotel. Incluso, cuando el adolescente regresó a Finlandia, la aerolínea tuvo que reservar una fila adicional y en el aeropuerto de Helsinki, cientos de personas le esperaban. Imagínense lo que puede significar eso, de un día para otro, para un niño de 16 años.

El pequeño Toni llegaba al Tremplin du Praz en Courchevel (Francia), la sede de los saltos de esquí en los Juegos de Albertville, soñando con todo y con el ímpetu del novato que decide transitar del camino del descaro al del miedo. El 9 de febrero, la primera competición llegaba con el trampolín normal individual, en lo que sería el gran debut olímpico para Nieminen. Y un debut siempre tiene un punto de dificultad para no fallar, sobre todo cuando un país entero había demostrado estar detrás de ti. Algo que no se vio en su primer salto de la competición, donde voló hasta los 112,3 metros, terminando la primera ronda de saltos en la segunda posición tras el austriaco Höllwart, que cayó a 116,8 metros. Pero que sí fue patente en el segundo, donde Nieminen solo pudo llegar hasta los 104,7 m para un total de 217 m que solo le valían para ser medalla de bronce tras Vector y el propio Höllwart.

Todo iba a cambiar cinco días después. La competición por equipos y una medalla de bronce ya colgada del cuello le quitaron de golpe la presión al pequeño Toni. Un espectacular salto que hizo alucinar a los miles de espectadores llegando hasta los 120,2 m fue la verdadera carta de presentación de Nieminen en Albertville 1992. El mejor salto de la competición unido a un segundo que llegó hasta los 119,8 m llevó al equipo finlandés (que compartía con Nikkola, Laitinen y Laakkonen) hasta la medalla de oro superando a la poderosa Austria. Nieminen saboreaba la miel del éxito olímpico con solo 16 años y su cara de infante. Sus saltos habían alucinado al mundo con un total de 240 metros que, de repetirse en la competición individual del trampolín largo, le llevarían a lo más alto del podio.

Nieminen, a pesar de su juventud, derrochaba confianza. Fuera la presión y con su mirada de campeón, se presentó dos días después con un solo objetivo: el oro. En el primer salto voló hasta los 118,8 m, colocándose como líder provisional, pero con el austriaco Höllwarth muy cerca con 116,7 m. Necesitaba otro gran salto para hacer historia. Nieminen, en medio del bullicio que retumbaba en el Tremplin du Praz, miraba a la gloria desde la altura de la plataforma de saltos. Y fue a por ella. Voló, voló y voló. Un increíble salto de 120,7 m no dejaba lugar a dudas. No solo había saltado la colina de Courchevel, había pasado muy por encima de sus rivales y se acababa de convertir en campeón olímpico individual, colgándose además su segundo oro olímpico de una tacada.

Un niño prodigio que voló en las alturas como un ángel para dejar boquiabiertos a cientos de miles de personas que veían la prueba por televisión. Era un niño de solo 16 años con la seguridad de un veterano y con un palmarés inalcanzable para la mayoría de los competidores que le rodeaban. En apenas unos días, Toni Nieminen y su estilo V de volador habían conquistado el mundo del deporte para siempre.

P.D.: Como muchos niños prodigio, Nieminen no consiguió alargar sus éxitos en el tiempo. Solo una victoria en Copa del Mundo después de esa temporada 91/92 hasta su retirada en 2004. Y apenas queda en el recuerdo tras aquel año mágico, su récord del mundo de 1994, cuando cruzó por primera vez la barrera de los 200 metros. Llegó, con 18 años, a los 203 m. ©RELEVO

Exhibición de Nieminen en el trampolín de 90 metros de Courchevel durante los Juegos de Albertville 1992.

Vídeo del Comité Olímpico Internacional.

Enviar comentario

Únete a la lista de correo de RELEVO
y entérate de todas nuestras novedades