Mi 25 de julio de 1992

José M. Amorós
@JoseMAmoros
Publicado el 25/7/2017 a las 10:30

TIEMPO DE LECTURA: 7 minutos

Suena la alarma. Resuena aún más en mi cabeza que aún sufre los efectos de los cubalibres que habían caído la noche anterior ante las recalentadas aguas del Mar Mediterráneo. Son las 9 de la mañana. Es 25 de julio. Al salir de la cama, cumplía un ritual que se repetía cada cierto tiempo. Yo, friki de los deportes y con ganas de dedicarme a vivir de ello algún día, tenía la dura manía de ir gritando a mi madre lo “histórico” de un día donde el deporte español iba a hacer algo importante. Lo había hecho hacía unos meses con el primer Mundial de rallies de Carlos Sáinz o el día de la final del Roland Garros de Arantxa en 1989. Pero hoy era un día especial. Sí, más especial. Mucho más.

25 de julio de 1992. Quizás la fecha marcada a fuego en todos los amantes del deporte en este santo país llamado España. “¡Mamá, mamá! ¡Hoy empiezan los Juegos! ¡Nuestros Juegos!”. Sí, el día de la inauguración de Barcelona 92. Como si fuera un deportista más en las calles de la renovada Barcelona, me encaminaba con la misma sonrisa de los que sí estaban allí por el pasillo de mi casa. No pensaba despegarme de la tele en todo el día. Además de mi pasión por el deporte siempre tuve ese nudillo en el estómago más por contarlo que por participar. Así que imaginaros como afrontaba yo aquel día. En verdad, a pesar de mi altura notable, yo quería ser más el Matías Prats que dirigía la programación especial desde el Estadio de Montjuic, que uno de los del Dream Team americano de baloncesto que ya aterrizaba en nuestro país. Pero dichoso de mí, la alarma había sonado para algo y me tocaba una mañana llena de compras y recados. Los hice rápido, casi como una flecha de fuego por las calles de mi pueblo. Y en cuanto pude ya estaba sentado delante del televisor. Ahora, analizando desde la distancia, tampoco ha cambiado tanto la imagen de la tele (no hablo de HD, 3D… ni esas cosas modernas): María Escario presentaba el programa especial desde el plató. Jesús Alvarez era quien esperaba ya en el palco de autoridades a gente tan distinguida como el histórico Nelson Mandela. Pedro Barthe estaba en las inmediaciones del Palau Sant Jordi con los miles de visitantes que ya estaban en la ciudad condal. Y Olga Viza era quien acompañaba a Prats en la cabina de TVE en el estadio olímpico.

Pasaban las horas y la cuenta atrás se acababa. No sé por qué pero siempre he vivido estas cosas en primera persona y los nervios solo crecían. Acostumbrado a ver los grandes eventos deportivos desde la lejanía, como una utopía para nuestro país, hoy estaba sentado en el sofá de casa como si lo estuviera en un asiento de Montjuic. Y las horas previas no podían ser mejores. Este 25 de julio se disputaba la penúltima etapa del Tour de Francia y nuestro Miguel Induráin confirmaba su segundo triunfo consecutivo en la ronda gala con más de 4 minutos de diferencia sobre Chiapucci (¡y allí ya estaba Carlos de Andrés para entrevistarle!). Vamos, era un día como para sentirse orgulloso de ser español. No se ganaba ni aparecíamos por el mundo tanto como ahora. Algo que a los niños de hoy en día habría que recordarles.

De vez en cuando, salía al balcón a remediar el fuerte calor del verano levantino y no llegaba a entender como había gente por la calle y no solo por el sofoco. Aún menos porque iban escuchando ‘El tractor amarillo’ en un radio cassette más grande que alguno de los del grupo de amigos que se sentaban en el portal del edificio de enfrente. Y ya ni opinión me merecían mis amigos que habían decidido irse a la playa. ¿Qué iba a contar toda esa gente cuando dentro de 25 o 50 años le preguntaran dónde estaban el día que empezaron los Juegos Olímpicos de Barcelona? Aquello me sorprendía tanto que me creó un trauma que llega a día de hoy y de vez en cuando hago esa pregunta a la gente con la que me encuentro: auténticas locuras he oído.

Pero yo sí estaba ahí. La playa o los amigos podían esperar. Eran las 19.55 h. y todo iba a empezar. Así lo hice saber a toda la casa o a todo el vecindario con mi llamamiento: “¡Que empieza ya!”. Ni se me pasaba por la cabeza que aquello empezara y no tener a toda la casa delante de la tele. Sí, ni os figuráis las veces que he obligado a mis padres a ver un hecho histórico del deporte español a mi lado. Los últimos segundos se me quedaron marcados por el sonido de petardazos que me recordaban a las mascletàs típicas de mi tierra. A partir de ahí, una explosión de luz, color y alegría al grito de un ‘Hola’ al mundo. ¿Quién no lo gritó delante de la televisión? ¿Quién no quedó boquiabierto ante Monserrat Caballé, Plácido Domingo, Josep Carreras o Alfredo Kraus? Aunque lo de boquiabierto ya era cosa de la ‘Fura del Baus’ y su Hércules y Jason. Una increíble puesta en escena nunca vista antes y de donde todos han tomado ejemplo después. Pero, sobre todo, unas imágenes inolvidables para los millones de espectadores que nos pusimos delante de la televisión para ver, seguramente, el acto más importante llevado a cabo en España. Solo perdí la atención de la televisión durante un momento. El interminable desfile de banderas me “obligó” a cenar algo. ¡No terminaba nunca!

Pero el mejor momento estaba por llegar. La antorcha olímpica entraba en Montjuic como entraba en el corazón de miles de catalanes y millones de españoles. Y lo hacía para quedarse. Algo de magia había en aquel momento para despertar una emoción generalizada. Ocurrió hasta algo a lo que no estaba acostumbrado. ¡Había silencio en mi casa! Todos mirando a la pantalla como si esa llama de fuego nos hubiera captado a todos. Una emoción que se trastocó en nervios cuando vemos que caía sobre… una flecha dentro de un arco. Me llevé las manos a la cabeza. Ahora solo faltaba que el amigo Rebollo tirara aquella flecha a quién sabe dónde. Ya por aquel entonces, a España no se le tomaba muy en serio por los grandes países que ya nos miraban por encima del hombro. Solo faltaba fallar en el encendido del pebetero y pasar a la historia por el ridículo. Sí, fueron apenas quince segundos… más o menos las veces que vi la fecha cayendo a la calle de al lado. “¡Ay… ay… ay…!”, gritaba mi madre. Y de repente, mi televisión y la de tantos otros se iluminó a puro fuego con una mezcla entre el respiro (¿cuánta gente diría en su casa: “menos mal…”?) y el alucine del “Olé sus h…”. Los primeros Juegos Olímpicos en España ya estaban aquí, ya comenzaban. Debo confesar que, para un amante del olimpismo y que siempre había soñado con vivir algo así, me brotaban unas lágrimas de emoción. Para los amantes del deporte no hay nada más grande que unos Juegos y si son en tu país por primera vez, ya es algo insuperable.

Era momento de acostarse. Y lo hacía con una sonrisa. Feliz del deber cumplido (como si yo hubiera tenido algo que ver…). Una ceremonia espectacular para abrirnos al mundo y enseñarle de lo que éramos capaces. Es más, de enseñarnos a nosotros mismos de lo que éramos capaces. Fue un día irrepetible y que no debemos dejar de recordar por lo que significó y lo que, a día de hoy, sigue significando. Recordémoslo, contémoslo a nuestros hijos. Si no lo viviste, imagina cómo lo hubieras vivido. Revívelo 25 años después.

Ahora, vosotros estaríais recordando las sensaciones de aquel 25 de julio de 1992. Dónde lo vivisteis, dónde estabais y con quién. Habrás recordado aquel amor de verano que quedó marcado para siempre por estar aquella noche contigo. Has recordado lo pequeño que eran tus hijos que ya hace un tiempo se marcharon de casa en busca de su propia vida. O, quizás, tú eras el niño y recuerdas aquella noche porque juntó a tu familia en torno a la televisión y tú no terminabas de entender por qué. Escribo estas líneas con el propósito de recordar como vivimos cada uno de nosotros aquel día porque otros no pudieron y a día de hoy imaginan como lo hubieran vivido. ¿Lo has hecho? Te envidio. Yo nací tres meses y 7 días después de la inauguración de Barcelona 1992. ©RELEVO

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