Rubén Martín Bravo

Publicado el 16/1/2018 a las 18:00

TIEMPO DE LECTURA: 8 minutos

Cuando uno piensa en California, atisba San Francisco, Los Ángeles, Hollywood y las soleadas playas de Santa Mónica. Pero no piensa en nieve… Sin embargo, a dos horas de Sacramento, la capital del estado, emerge Squaw Valley. Al borde del Lago Tahoe, lindando con el estado de Nevada, se encuentra la localidad que tuvo el honor de ser la sede de los VIII Juegos Olímpicos de Invierno en 1960. Muy por los pelos y con airadas protestas. La elección fue por solamente dos votos. La ciudad poseía un único hotel y estaba situada a 1.800 metros sobre el nivel del mar. ¿Se podían celebrar allí unos Juegos adecuados? Era 1955. Pero volvamos al inicio.

Al norte del Tahoe, en la Alta Sierra, dos valles descansan separados por una descomunal cresta. Uno es Squaw Valley (despectivamente, Valle Pieles Rojas). El otro es Alpine Meadows. Fueron descubiertos como potencial área de deportes de invierno por Wayne Poulsen en los años 30. En busca de fondos para construir un complejo de esquí, Poulsen creó una empresa junto al abogado de Wall Street Alexander Cushing. Poulsen aportó 640 acres (259 ha) de terreno que había adquirido en 1943 mientras que Cushing y su mujer recaudaron 400.000 dólares en la Costa Este.

Poulsen pretendía ir despacio pero Cushing ansiaba construir de forma rápida un complejo deportivo que retornara beneficios. Aprovechando una ausencia de Poulsen, piloto de la Pan Am, éste fue expulsado de la presidencia de la compañía por los inversores y solo conservó otros 1.200 acres (485 ha) adquiridos en 1948. Cushing fue su sustituto.

Un accidentado complejo de esquí

El Día de Acción de Gracias de 1949 supuso la inauguración del área de esquí de Squaw Valley. Cushing omitió que contrató a esquiroles para llegar a tiempo debido a una huelga. Tampoco contó que tuvo que ejercer de fontanero, que solo había un cuarto de baño disponible y que carecían de agua corriente. Para completar la película de terror, la cena no se sirvió hasta las 10 de la noche, una de las hijas de Cushing se rompió una pierna y el perro de la familia fue atropellado.

El complejo de 50 habitaciones fue reabierto en Navidad y se inauguró el Silla Uno (Chair One), el elevador de esquí más largo del mundo. Celebridades amantes del esquí como Sofía Loren, Clark Gable, Bing Crosby o Gene Kelly estuvieron presentes. Durante los primeros cinco años, las avalanchas azotaron el valle, las inundaciones obligaron a cerrar el complejo en dos ocasiones y en cuatro lo dejaron aislado al llevarse por delante puentes y la precaria carretera. Por si fuera poco, en 1955 un incendio asoló el hotel.

En 1954, Cushing había leído en el San Francisco Chronicle que Reno se postulaba como sede de los Juegos de Invierno de 1960. Y él pensó en Squaw Valley. Parecía una locura. Pese a todo, las autoridades creían que una candidatura olímpica sería positiva para California. Cushing convenció al Senador del Estado y al Gobernador Goodwin Knight de aportar 1 millón de dólares en pos del sueño olímpico.

Primer reto: ganar en casa

La elección de la candidata por el Comité Olímpico de Estados Unidos (USOC en inglés) fue en enero de 1955. Un miembro del comité seleccionador animó a Cushing a volar a Nueva York pese a la competencia (Aspen, Sun Valley, Lake Placid, Reno, Alaska…). Y les convenció. Les aseguró que Squaw Valley tenía la montaña, la nieve y el dinero. ¿La realidad? Un hotel, un telesilla, dos elevadores de superficie y una carretera polvorienta.

La batalla con el COI iba a ser más titánica aún. Cushing se reunió con su compatriota Avery Brundage, elegido Presidente del Comité Olímpico Internacional en 1952. Su hostilidad fue absoluta: “El Comité Olímpico estadounidense ha perdido la cabeza”, “Todo Squaw Valley existe solo en la imaginación de Cushing” o “No pueden ganar así que no debo preocuparme”, son frases atribuidas a Brundage que hablan por sí solas.

Segundo reto: convencer al COI

El carisma de Cushing le hicieron creíble y amigable para la aristocracia europea y sus buenos contactos fueron un punto a favor. Una buena jugada fue contratar al campeón olímpico de esquí francés Emile Allais para encabezar la Escuela de Esquí del complejo. Y Joe Marillac, director de la escuela, acabó de convencer a los escépticos in situ. El crédito de Marillac en los países alpinos (era Oficial del Mérito Deportivo en Francia -el mayor reconocimiento atlético-) era insuperable.

La estrategia ante el COI se basaba en una vuelta a la simplicidad de los orígenes olímpicos, con los atletas aislados de la presión comercial y viviendo en armonía deportiva en una Villa Olímpica ajena a la prensa y el público.

Cushing acudió a la decisiva reunión de París haciendo hincapié en el apoyo al Olimpismo por parte de Norte América en los pasados 25 años. Y proclamando a Estados Unidos como el mayor participante en los Juegos de Invierno. Conquistó a los escandinavos con la promesa de incluir el biatlón y de que el Estado de California compartiría los gastos.

En la primera votación, St. Moritz y Garmisch quedaron eliminadas. Innsbruck recibió 26 votos y Squaw Valley, 30. La segunda votación fue un empate. El día siguiente, y tras dudas del COI en cuanto a la cantidad de nieve, la amenaza de corrupción moral en Reno (sic), las restricciones del gobierno local (que no existía) y otras sobre costes e instalaciones, Squaw Valley daba la gran sorpresa. Para pasmo de la delegación austríaca y aun más del propio Cushing. Brundage le felicitó y admitió haber desempatado él por ser norteamericano pero que hubiera preferido “tirarme por la ventana”.

Con los preparativos en marcha, el entusiasmo por el evento y las expectativas de visitantes eran la comidilla del estado. Esquiadores, especuladores y emprendedores acudían a aquella remota zona a alojarse, comprar tierras (a Wayne Poulsen) y construir viviendas. Muchos colaboraron en la construcción de las infraestructuras, abrieron negocios, se casaron y echaron raíces.

Hacer posible el milagro

En invierno de 1956, el USOC envió al austríaco Willy Schaeffler a diseñar los recorridos de las competiciones y junto con Nelson Bennett, otro delegado técnico de la Federación Internacional de Esquí (FIS), buscaron sedes potenciales en las montañas vecinas. Para el primer biatlón olímpico, apuntaron Bear Valley, pese a su inaccesibilidad.

Tres años después de la elección, Brundage seguía proclamando en la prensa que Cushing no podría transformar aquel mediocre complejo de esquí en una sede olímpica digna y afirmaba que acarrearía vergüenza y desgracia a los Juegos. Brundage no se había dignado aún en visitar Squaw Valley y sospechaba que Cushing había sobornado al COI.

Pese a todo, el Comité Organizador y la Comisión Olímpica de California, habían conseguido los fondos necesarios, el trampolín de saltos fue erigido, las pistas de patinaje de velocidad construidas y los dormitorios de los atletas y los edificios administrativos y de prensa preparados. Los Campeonatos Alpinos de Norte América de febrero de 1959, a un año de los Juegos, serían el ensayo clave.

Mal anticipo

Pero la mala fortuna se acumuló: la lluvia, la nieve descontrolada, los desprendimientos, los puentes inundados y las carreteras anegadas retrasaron la competición durante tres días. Sin gasolinera en Squaw, sin cadenas de nieve, sin servicio telegráfico en el valle y con las líneas telefónicas caídas, más cuatro habitaciones de atletas incendiadas, el desastre era absoluto y los augurios nefastos.

Finalmente, el tiempo amainó, las condiciones se fueron reestableciendo y las carreras se fueron alternando entre los tres picos del valle (Papoose, KT y Squaw Peak). Y la FIS, finalmente, dio su aprobación, aún con alguna reserva en el descenso masculino.

Tan pronto como la nieve se derritió en primavera, se construyeron mejores carreteras de cemento y nuevos puentes y se liberó espacio para viviendas. El pabellón de hielo y la residencia-restaurante de atletas surgieron al fin. Las taladradoras, sierras y martillos neumáticos llenaron todo el valle con su tintineo. Y el milagro se convirtió en realidad.

Tras la tempestad, sale el sol

Cuatro días antes de que comenzaran los Juegos el 18 de febrero de 1960, una tormenta procedente del Pacífico azotó el valle con lluvia y granizo. El viento sopló a 160 km/h por hora. Cayeron árboles, llevándose consigo líneas eléctricas. Restos rocosos llenaban las pistas de prácticas. La noche antes de la inauguración, el suelo pavimentado del parking se congeló. La nieve sepultó los recorridos y arrasó la carretera. Ni siquiera Richard Nixon, entonces Vicepresidente de los Estados Unidos, y su esposa pudieron llegar en helicóptero.

Finalmente, en el Blyth Arena, con una hora de retraso, Nixon declaró abiertos los Juegos. Como en un milagro, la nieve cesó, el cielo clareó y refulgieron los fuegos artificiales. Y el patinador Kenneth Henry encendió el pebetero. De la ceremonia de inauguración se encargó nada menos que Walt Disney, lo que hizo preguntarse a muchos si también el control metereológico estaba en sus manos.

Tras años de sufrimiento, el sol brilló durante aquellos diez días de Juegos. Y por primera vez, los atletas podían andar o esquiar de las pistas al trampolín de saltos y volver a su villa. Únicamente el esquí de fondo y el biatlón se albergaron fuera del valle. Atletas, espectadores y árbitros los calificaron como “los mejores Juegos Olímpicos de la Historia”, y muchos aún lo mantienen.

Históricos

Fueron unos juegos míticos, llenos de debuts. Se vio por primera vez a una mujer pronunciar el Juramento Olímpico, en voz de la patinadora Carol Heiss. Fue la primera vez que las mujeres pudieron participar en patinaje de velocidad (y el primer oro de la historia fue el de la alemana Helga Haase en los 500 metros). Fue la primera vez que se disputó el biatlón olímpico.

Fueron los primeros juegos televisados (y con repeticiones instantáneas). Fue la primera vez que las puntuaciones y tiempos fueron registrados electrónicamente (por IBM). Y fue la primera vez que se emplearon esquís metálicos (en los pies de Jean Vuarnet), permitiendo a Francia superar a Austria en el descenso masculino. Pero no hubo bobsleigh porque no les compensaba crear una pista para solo nueve naciones participantes, lo que aniquiló las esperanzas españolas.

Y por si fuera poco, el equipo de hockey sobre hielo de Estados Unidos derrotó a los mitificados soviéticos y, en la gran final (con ayuda del entrenador ruso y apoyo de sus jugadores en la grada), se hizo con el oro tras vencer a Chechoslovaquia por 9-4. El primer oro olímpico del hockey estadounidense en su historia.

Squaw Valley puede resumirse como el paso de la desconfianza al fracaso y, sin descanso, al éxito en seis años de leyenda. ©RELEVO

“Llama en el Hielo”, la película oficial de los Juegos Olímpicos de Squaw Valley 1960.

Reportaje del Servicio Forestal del Departamento de Agricultura de Estados Unidos en el que se pueden observar las obras para los Juegos, aprender sobre los preparativos de seguridad en la nieve y escuchar el Juramento Olímpico en la voz de Carol Heiss.

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