Alejandro Diago
Publicado el 1/2/2018 a las 19:00
TIEMPO DE LECTURA: 6 minutos

Es quizás uno de los mejores esquiadores alpinos de todos los tiempos. Hablar de Herminator es hablar de toda una leyenda del mundo del esquí y del deporte. Un auténtico fenómeno del esquí que encontró en Nagano las dos caras del deporte: la tristeza por cometer una mala acción y la gloria olímpica. Un auténtica leyenda viviente que paseó el nombre de Austria por todo el mundo.

Parecería que tu destino es el esquí si naces en la localidad de Altenmarkt im Pongau, a unos 60 kilómetros de Salzburgo. En este pequeño pueblo tiene la fábrica y la sede uno de las marcas de esquíes más famosas del planeta: Atomic. Sin embargo, al pequeño Hermann apenas le apasionaba ese deporte. Acudió a la escuela de esquí de Schladming pero a los 15 años la dejó porque le dijeron que con su complexión física apenas iba a tener éxito en dicha disciplina. Una predicción que no iba a poder ser más fallida.

Porque lo que apenas nadie sabía era que Hermann Maier sufría la enfermedad de Osgood-Schlatter, también llamada osteocondrosis. Una enfermedad que hizo que sus rodillas y tibias tuvieran grandes hinchazones cuando estaba empezando en el mundo del esquí. Poco a poco, Maier fue superando la enfermedad y pronto empezaría a explotar su talento en las laderas de las montañas.

En busca de la aprobación de los técnicos

Mientras, Hermann volvió a su casa familiar de Flachau, donde compaginaba los trabajos de albañil en épocas de verano con los de profesor de esquí en invierno. A partir de este momento es cuando empezó a tomar parte en carreras amateurs por Austria. Los triunfos de Hermann seguían sin llamar la atención de los duros seleccionadores del equipo nacional austriaco, que desechaban su talento.

Hasta que llegó una prueba de Copa del Mundo en el lugar donde está su casa familiar, Flachau. Una 12ª posición compitiendo como invitado sorprendió a los técnicos de la selección austriaca, que esta vez sí se fijaron en él. Era 1996 y tenía 24 años. Una incorporación tardía que iba a desembocar en una de las mayores hazañas olímpicas apenas dos años después en Nagano.

Una caída que cortó la respiración

Hermann fue creciendo año a año y tras una temporada 1996/97 en la que brilló en el súper-gigante (no así en el descenso y en el eslalon gigante), llegaba la temporada 97/98 con lo que iba a ser la gran cita: los Juegos Olímpicos de Nagano. El lejano Oriente volvía a acoger una cita olímpica varios años después de Sapporo y Hermann Maier iba a ser una de las grandes figuras de ese evento.

Maier llegaba en forma, con varias victorias en la Copa del Mundo en todas sus pruebas, tanto en descenso como en el súper-gigante, además de en el eslalon gigante, y todos apuntaban que iba a ser el favorito a llevarse la medalla de oro en las tres pruebas olímpicas en las que competía. Con este panorama llegó al 13 de febrero de 1998 en Hakuba un Hermann Maier que tomaría la salida como el gran favorito para hacerse con los oros.

Maier comenzó su participación aplicando su estilo: arriesgando y tomando las curvas de la montaña al límite. Y a los 20 segundos, una salida de pista a más de 100 kilometros por hora dejó la imagen de esos Juegos: un Hermann Maier volando por los aires y cayendo a la nieve como si fuera un muñeco. Los aficionados y televidentes no podían más que contener la respiración después de lo que habían visto. Sin embargo, todo se quedó en un susto y Maier pudo levantarse por su propio pie, aunque visiblemente enfadado.

La mejor forma de resarcirse

El enfado era muy evidente, ya que Maier era el principal favorito y quería ganar el descenso. Pero el austríaco iba a resarcirse de la mejor manera posible en apenas 72 horas, con la disputa del súper gigante. Tres días después de su tremebunda caída en la ladera de la montaña, Maier se lanzaba desde el portón de salida camino a la gloria olímpica. Una bajada increíble que terminó de la mejor manera posible: medalla de oro superando a su compatriota Hans Knauss y al suizo Didier Cuche.

Y lo mejor era que quedaba la guinda a su participación. Dos días después de ganar el oro en el Súper-G, era el turno del eslalon gigante. Y de nuevo, Maier no falló. En una excelente lucha con su compatriota y también leyenda del esquí alpino como es Stephan Eberharter, Maier volvió a colgarse el oro tras completar el mejor tiempo en las dos bajadas. Cinco días después de la dolorosa caída en el descenso, Maier se colgaba dos medallas de oro. El mejor resultado posible para su participación en unos juegos.

Un accidente que le dejó sin Juegos

A su regreso de Nagano, Maier ya era un ídolo nacional en Austria. El esquiador siguió logrando éxitos en la Copa del Mundo y era una de las grandes bazas para afrontar los Juegos Olímpicos de Salt Lake City en 2002. Pero la carretera iba a cortar el sueño del transalpino: un accidente con su motocicleta ocurrido en el verano anterior a esos juegos dejó a Maier en el dique seco toda la temporada olímpica.

Las predicciones de los médicos hablaban de que incluso deberían amputarle la parte inferior de su pierna derecha, en lo que habría sido el final de su carrera. Sin embargo, Herminator decidió someterse a una dura operación y empezar su proceso de rehabilitación para volver a las pistas. Y poco a poco fue quemando etapas hasta que en 2003 regresó a lo grande, con un triunfo en el súper-gigante de la Copa del Mundo de Kitzbühel, en Austria. La ovación de sus compatriotas fue atronadora.

El camino a Turín

Decía Miguel Ríos eso de que “los viejos rockeros nunca mueren”. Y Maier es el ejemplo de ello. Con 31 años a sus espaldas, siguió compitiendo al máximo en la Copa del Mundo camino de los Juegos de Turín, y de nuevo consiguió clasificarse para una cita olímpica. Maier llegaba a Turín en una situación muy diferente a la que tuvo en Nagano, pero con el mismo hambre y las mismas ganas de victoria que siempre.

Y de nuevo volvió a demostrar que el que tuvo, retuvo. Porque cosechó dos medallas más, una plata y un bronce, en el súper-gigante y en el eslalon gigante de los juegos italianos. Herminator volvía a demostrar una vez más algo que le había caracterizado durante toda su carrera: tenacidad. Tenacidad para sobreponerse a los malos momentos y tenacidad para superarse cuando todo está perdido. Un esquiador único que enganchó a millones de personas a ver los descensos de esquí. Ese era Hermann Maier. ©RELEVO

La tremenda caída de Hermann Maier en Nagano 1998, de la que pudo recuperarse.

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