Rubén Martín Bravo

Publicado el 9/1/2018 a las 15:45

TIEMPO DE LECTURA: 16 minutos

La salud nacional y la preparación militar acabaron desembocando en los primeros Juegos Olímpicos de Invierno de la historia.

Antes de la I Guerra Mundial, los mandos militares europeos advirtieron la efectividad de las tropas a esquí noruegas. Así que regimientos rusos, alemanes, austríacos, suizos e italianos empezaron a experimentar con los esquís bajo las botas de los soldados desde finales del siglo XIX. Incluso los británicos pensaron en entrenar a sus soldados para proteger la frontera india del Himalaya.

Los franceses pronto se sumaron a la idea para poder patrullar adecuadamente los fuertes alpinos de la frontera con Italia. Pero la población de montaña necesaria para los reclutamientos militares clave adolecía de mala salud. La tuberculosis, la gripe, el bocio y el raquitismo campaban a sus anchas. No eran tiempos aún de turismo masivo y urbanismo salvaje, sino de supervivencia contra la enfermedad, desnutrición y condiciones sanitarias inadecuadas y endémicas. Una estampa que no era de postal.

Diversas leyes fueron mejorando las condiciones higiénicas de los pueblos de montaña franceses, lo que a nivel tanto social como económico y militar, era de interés prioritario del gobierno. El alcoholismo, a consecuencia de los parones de actividad y del aislamiento que causaba la nieve, también era un problema rampante, pero no lo suficiente siempre que hubiera calor para dormir cómodamente. Esto provocaba que muchos lugareños durmieran con sus animales en los establos entre los meses de diciembre y abril. El Capitán Clerc resumía que la degeneración de la población de montaña “no es a causa del alcoholismo… sino de la moda de vivir en invierno”.

Con la paulatina mejora de las condiciones de salubridad y el auge del turismo de montaña, cada vez más y más gente acudía a “curarse” al abrigo de los vientos alpinos, con el incremento temporal de población que tenían que soportar las localidades de la zona.

Deporte sano para una nación sana

El recuerdo de la derrota militar de 1870-71 y el crecimiento del poderío alemán, hizo que Francia buscara que las asociaciones deportivas promovieran prácticas atléticas saludables entre los más jóvenes para así recabar una juventud fuerte y dispuesta en caso de guerra. De hecho, en 1881 se hicieron obligatorios determinados ejercicios militares en las escuelas. El Club Alpino Francés (con su eslogan “Para la Patria por la Montaña”) fue una de esas asociaciones y puso en marcha a lo largo de los años diversas semanas de deportes de invierno, muchas en Chamonix a partir de 1912, lo que pusieron a esta ciudad y estación de esquí en el foco internacional

En la linde oriental de “La Grandeur de La France”, a caballo entre Italia y Suiza, con el hálito del Mont Blanc sobre ella, reposa Chamonix, una tranquila localidad alpina que no supera los diez mil habitantes… salvo cuando los amantes de los deportes de nieve la poseen.

Está situada a 1.035 metros de altitud, la recorre el Río Arve y disfruta del complejo de esquí más antiguo de Francia. Hace 94 años fue protagonista de un evento que comenzó como Semana Internacional de los Deportes de Invierno pero que para la historia quedó como los primeros Juegos Olímpicos de Invierno jamás celebrados. Y de un objetivo de salud nacional y preparación militar se llegó a algo más grande y ambicioso con el paso del tiempo.

Ya había habido deportes de invierno en los Juegos… de verano. El patinaje artístico fue olímpico en Londres 1908 y en Amberes 1920, mientras que el hockey sobre hielo también fue olímpico en la ciudad belga.

Y realmente, ya había habido unos Juegos de Invierno cada cuatro años: los Juegos Nórdicos, que se disputaban en Suecia desde 1901 manteniendo un espíritu exclusivamente amateur. Estaban avalados por la Familia Real Sueca y los organizaba la Sociedad Sueca de Promoción Deportiva, fundada en el Palacio Real de Estocolmo por Victor Gustav Balck, gran amigo de Pierre de Coubertin.

Los deportes “dudosos”

No era ningún secreto que Coubertin no era muy amigo de los deportes de invierno: “son dudosos como deporte”, llegó a decir. No quería unos Juegos de Invierno en ciclo separado a los de verano. Los países escandinavos habían rechazado igualmente participar en los Juegos del COI de forma sucesiva al poseer los suyos propios. El COI fue presionado para otorgar los Juegos de Verano de 1924 a Francia como mártir de la I Guerra Mundial (se celebraron en París). Viendo el precedente del patinaje y el hockey en Amberes cuatro años antes, los escandinavos advirtieron al COI que si el esquí entraba en los Juegos, ellos no participarían.

Así, bajo el mecenazgo del Comité Olímpico Internacional, el Club Alpino Francés organizó una “semana” de 12 días de deporte invernal, con sus propias ceremonias de apertura y clausura, su cuelgue de medallas y sus resultados memorables. En principio no eran “olímpicos” y sus ganadores no iban a tener derecho a medallas. Eran una mera extensión de las semanas deportivas que llevaba organizando el CAF desde 1907. El carácter internacional, que no olímpico, de esta competición avaló la presencia de noruegos, suecos y finlandeses. Y Chamonix albergó este evento por delante de ciudades como Gérardmer y Superbagnières.

Chamonix 1924 es una realidad

Del 25 de enero al 5 de febrero de 1924, 16 naciones tomaron parte en 16 disciplinas sobre la nieve del enclave de Les Houches. Participaron 258 atletas, entre ellas 11 mujeres en patinaje artístico, el único deporte en el que se les permitía hasta que se incluyó la combinada de esquí alpino femenina en Garmisch-Partenkirchen 1936.

El 26 de enero, el estadounidense Charles Jewtraw cruzó la línea de llegada de los 500 metros de patinaje de velocidad. Con su tiempo de 44 segundos se adjudicó la primera medalla de oro de la competición.

Pese a las reticencias de Coubertin, el éxito y las actuaciones de los deportistas en Chamonix facilitaron el beneplácito del COI a incluir los deportes de invierno dentro del programa olímpico a partir de 1925.

No obstante aún se tardó un año más, hasta 1926, para designar de manera retroactiva esta semana deportiva como los I Juegos Olímpicos de Invierno de la historia. Obviamente, para Charles Jewtraw, la decisión fue algo más que emotiva. A partir de ese momento, para los libros de historia deportiva se convertiría en el primer oro olímpico en unos Juegos de Invierno.

Pero un día antes de su triunfo, la ceremonia de apertura del evento en el Estadio Olímpico de Chamonix (un centro ecuestre) no podía esconder sus similitudes con las ceremonias de los Juegos de verano del COI. Resultó una marcha de representantes de cada país bajo la nieve, cada uno pertrechado con su bandera correspondiente, su ropa deportiva y su equipamiento al hombro, fuesen esquís o palos de hockey (las reglas obligaban a ello). Al final, todos los participantes rodearon al representante francés, el Sargento Camille Maudrillon y con el brazo derecho en alto recitaron el juramento olímpico. Los juegos se declararon abiertos y hubo incluso animación musical. Eran otros tiempos y otras naciones. Dusan Zinaja, por ejemplo, portaba la bandera del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos.

Primeros héroes

Siguiendo a la medalla de Jewtraw, el finlandés Julius Skutnabb destacó también en la pista de velocidad junto a su compatriota Clas Thunberg. Recolectó metales de todos los tipos al adjudicarse el oro en los 10.000 metros, la plata en los 5.000 y el bronce en la clasificación general de la disciplina.

Thunberg, sin embargo, fue la estrella de los juegos con tres oros, una plata y un bronce, pero su vida fue algo complicada. Empezó a patinar algo tarde, con 18 años, pero como salida desesperada a una juventud plagada de tabaco y alcohol. Acabó siendo una estrella de su deporte con 7 medallas olímpicas (5 oros, 1 plata y 1 bronce), 7 en Campeonatos del Mundo (5 oros, 1 plata y 1 bronce) y 8 en Campeonatos de Europa (4 oros y 4 platas).

La competición de patinaje artístico vio debutar con apenas 11 años a Sonja Henie, una niña noruega que terminó última pero que se acabaría convirtiendo en unas de las grandes patinadoras de todos los tiempos, comenzando a deslumbrar en St. Moritz 1928. El único evento en el que se permitió a las mujeres participar vio a ocho féminas finalmente, Henie entre ellas, pelear por el oro.

Si una destacó entre todas fue la austríaca Herma Planck-Szabo. En un primer momento, se dice que dio que hablar por la longitud de su falda corta, pero pronto los ojos de todos se centraron en su destreza sobre el hielo. Su linaje le precedía: con 21 años, era hermana de Christa von Szabo, dos veces campeona del mundo de patinaje por parejas, y era nieta de Eduard Engelmann Jr., tres veces campeón europeo y promotor de la primera pista de patinaje sobre hielo artificial al aire libre, construida en 1909. Entre 1922 y 1926, Szabo atesoró cinco oros consecutivos en los Campeonatos del Mundo de la Unión de Patinaje Internacional, amén de dos títulos en parejas junto a Ludwig Wrede en 1925 y 1927.

En Chamonix, pronto cogió ventaja en el segmento de piruetas frente a la estadounidense Beatrix S. Loughran, manteniendo el tipo en el programa libre y condenando a Loughran a la plata y a la británica Mucklet al bronce. Sería precisamente Henie, ya con 14 años, quien pondría fin a la carrera victoriosa de Szabo en los Campeonatos del Mundo de Oslo de 1927. Pero el recuerdo de los giros y saltos de Szabo sobre el hielo de Chamonix aún perdura en las crónicas por parte de quienes lo presenciaron.

En saltos de esquí, el noruego Jacob Tullin Thams consiguió el oro pero si es digno de destacar es por el hecho insólito de que combinó esta medalla con otra en los Juegos de Verano: consiguió nada menos que una plata en vela en Berlín 1936 (en concreto, en la clase de ocho metros). Se convertiría con los años en el segundo de los cuatro escasos deportistas que han conseguido algo así, junto a Edward Eagan (oro en boxeo en Amberes 1920 y oro en bobsleigh a cuatro en Lake Placid 1932), Christa Ludwig-Rothenburger (oro en patinaje en Sarajevo 1984 y plata en ciclismo en Seúl 1988) y Clara Hughes (bronce en ciclismo contrarreloj en Atlanta 1996 y oro en 5.000 metros de patinaje en Salt Lake City 2002).

Medallista 50 años después

Pero los Juegos, y más los primigenios, siempre guardan sorpresas. Los registros de la competición de saltos de esquí debieron alterarse y los libros de historia modificarse a consecuencia del descubrimiento de un error en las puntuaciones. Fue en 1974 gracias a un historiador noruego de la historia del esquí. El también noruego Thorleif Haug perdió el bronce, que guardaba en una cámara de seguridad de un banco, en beneficio del estadounidense Anders Haugen. Casi 50 años después de los acontecimientos de Chamonix, Haugen recibió su medalla en una ceremonia especial para el recuerdo en Oslo, el 12 de septiembre de 1974. Frisaba 85 años. Se la entregó la hija pequeña de Haug, Anna Maria Magnussen, en persona. Tuvo diez años más de vida para disfrutarla y enseñarla orgulloso. No en vano acababa de ser nombrado como el primer estadounidense en haber conseguido una medalla olímpica en saltos de esquí.

Pese a todo, el noruego Haug ya era una leyenda del esquí nórdico. Y a pesar de ese pérdida postrera en los saltos, ya había conseguido el oro en los 50 kilómetros de esquí de fondo, en los 18 kilómetros y en la nórdica combinada. En los 50 kilómetros se impuso a unas terribles condiciones meteorológicas de viento y frío para terminar el recorrido en 3 horas y 44 minutos. Como contrapunto, el último clasificado llegó a meta dos horas y media más tarde que él.

A Haug no pudo derrotarle en los 50 kms. el también noruego, Johan Grøttumsbråten. Sin embargo, este chico de 25 años dio inicio en Chamonix a una carrera fulgurante dentro del esquí nórdico. Batido por Haug y su también compatriota Thoralf Strømstad, alcanzó el bronce. Haug le arrebató también el oro en los 18 kms, donde él conseguiría la plata. En los saltos conquistó su segundo bronce.

A partir de entonces, Grøttumsbråten consiguió medalla en cada evento olímpico en el que participó: dos oros en St. Moritz 1928 y oro en Lake Placid 1932, amén de ser campeón del mundo de nórdica combinada en 1926 y 1931.

Un trazado mítico

La competición de bobsleigh a cuatro en la célebre pista de los Pèlerins atrajo gran curiosidad entre los espectadores. Rudimentarios trineos ataviados con cuchillas hacían emerger los cuellos de los lugareños y visitantes en las afiladas 19 curvas del trazado de 1.369 metros, en el que se alcanzaban velocidades de hasta 115 km/h. Francia, Gran Bretaña, Italia y Suiza aportaron dos equipos mientras que Bélgica participó con uno solo. Un cronómetro electrónico capaz de medir hasta las centésimas de segundo se puso en liza.

El suizo Eduard Scherrer ganó su primer bobsleigh en una rifa a inicios de los años 20. Quién le diría que se convertiría en el capitán de un equipo en el que junto a Alfred Neveu, Alfred Schläppi y Heinrich Schläppi conquistarían la gloria olímpica. Su tiempo de 1 min 25 seg 02 ct en una de las rondas permanece como el tiempo más rápido de la pista de Pèlerins, ya en desuso. Scherrer nunca volvió a participar en nuevas aventuras olímpicas pero los hermanos Schläppi colaboraron en el comité organizador que consiguió los Juegos de 1948 para St. Moritz.

El curling, exclusivamente masculino, también formó parte de estos primeros Juegos. Sin embargo, y pese al reconocimiento de los eventos de Chamonix como olímpicos, la competición de curling había sido considerada deporte de exhibición por muchas fuentes autorizadas a lo largo de los años, aunque el COI nunca se había expresado de forma concreta en este sentido. No obstante, en febrero de 2006, poco antes del inicio de los Juegos de Turín, el COI confirmó que las medallas de curling de Chamonix 1924 eran consideradas parte oficial del programa olímpico.

Todo comenzó con una campaña del diario de Glasgow The Herald en beneficio de las familias de los ocho escoceses que formaron parte del equipo que le dio el oro a Gran Bretaña. Eran miembros del Royal Caledonian Curling Club de Perth, considerado el club germen de este deporte. Derrotaron a los dos únicos países en liza, Suecia y Francia, en La Grande Patinoir, la pista exterior de hielo de Chamonix. Al final se consideró probado que de la delegación británica de curling, formada por ocho escoceses, solo cuatro jugaron y fueron galardonados con medallas: Willie Jackson, Laurence Jackson, Robin Welsh y Tom Murray. Ninguno vivió para saberse campeón olímpico.

Curioso es el hecho de que el Mayor DG Astley, miembro de la delegación británica, acabó jugando con los suecos en la competición y ganando pues una plata pese a no poseer la nacionalidad de dicho país, pero así lo señalan los informes del COI. Y el COI también le adjudica igualmente el oro como miembro del equipo británico. Insólito.

Canadienses imbatibles

Un equipo entre todos atrajo el interés general del público en Chamonix: el equipo canadiense de hockey sobre hielo. Más que una selección de jugadores era un solo equipo, los Toronto Granites. Mediante su victoria en la Copa Allan, que les convirtió en campeones masculinos amateurs canadienses, consiguieron el derecho a representar a su país en los Juegos. Las victorias de los de la hoja de arce fueron apabullantes: 30-0 a Checoslovaquia, 22-0 a Suecia y 33-0 a Suiza en la fase de grupos. Sus evoluciones atrajeron más y más gente a la pista de hielo cada día.

Destacaba por encima de todos los jugadores canadienses Harold Ellis “Harry” Watson. Este héroe de guerra de la I Guerra Mundial como aviador, tenía 26 años en Chamonix cuando le marcó 11 goles él solo a los checos en el primer partido y seis a los suecos en el segundo. Pero frente a los suizos anotó 13 goles, récord individual que aún permanece imbatido. Watson marcó pues 30 de los 85 goles canadienses de la primera fase (un 35%).

Tras derrotar a Gran Bretaña por 19-2, esperaba Estados Unidos en la final. Canadá venció 6-1 y Watson anotó tres tantos para un total de 36 en cinco partidos (a 7,2 goles por partido). Para Canadá fue el inicio (o la continuación, porque en la competición de hockey sobre hielo de Amberes 1920 también habían vencido) de su supremacía en el hockey sobre hielo olímpico, con un total de 9 oros y quince medallas en total hasta el momento. Ya lo dicen ellos: “es nuestro deporte”.

Obviamente, a Watson le llovieron las ofertas del profesionalismo norteamericano de la NHL, pero mientras muchos de sus compañeros aceptaron la lluvia de dólares, él se mantuvo fiel a sus principios amateurs. De hecho, se retiró poco después en la cresta del éxito olímpico.

Biatlón pretérito

Otro evento (en principio) de exhibición sin precedentes fueron las Patrullas Militares, una combinación de esquí de fondo, alpinismo y tiro que supuso el germen del moderno Biatlón, que apareció oficialmente como deporte olímpico en 1960. La competición se disputó el 30 de enero. Los componentes de esquí de fondo y de tiro (entonces con rifle, hoy con carabina) eran similares pero se incluía también un segmento de “patrulla” donde equipos de cuatro militares (generalmente un oficial, un suboficial y dos soldados, junto a un líder de equipo no armado) competían en una carrera de 30 kilómetros, con sus vestimentas militares reglamentarias y una mochila. Al final, el segmento de tiro otorgaba bonificaciones de 30 segundos por cada diana acertada.

El equipo suizo del teniente Denis Vaucher, Alfred Aufdenblatten, Alfons Julen y Anton Julen se alzó con la victoria en 4 h 0 m 06 sg, con más de 6 minutos de ventaja sobre sus rivales finlandeses. Francia arañó el bronce por delante de Checoslovaquia. Italia y Polonia abandonaron en medio de la nieve y el frío. Esta disciplina y los resultados de Chamonix fueron considerados también olímpicos de manera retroactiva. Pero las Patrullas Militares siguieron siendo consideradas deporte de exhibición en St. Moritz 1928, Garmisch-Partenkirchen 1936 y St. Moritz 1948. De ese modo, este equipo suizo es considerado el único vencedor olímpico de esta disciplina de la historia.

Aunque no hubo competición al efecto, un premio se otorgó en estos primeros Juegos al deporte del “Alpinismo” o “Alta Montaña”. Fue un reconocimiento otorgado a Charles Granville Bruce, que lideró la expedición al Monte Everest de 1922.

Los escandinavos dominaron los Juegos de Chamonix 1924 acaparando 27 de las 43 medallas en liza, con Noruega ganando 17 y Finlandia 10. Obtuvieron la victoria en las cuatro competiciones nórdicas y en 4 de las 5 carreras de patinaje de velocidad.

Éxito y reconocimiento

10.004 espectadores habían pagado entrada para asistir a estos primeros Juegos de Invierno que acabaron sorprendiendo a propios y extraños. En la clausura, el propio Coubertin afirmó: “estos deportes olímpicos pueden ayudarnos a perpetuar el deporte idealizado que perseguimos; debemos protegerlo del deshonor y la corrupción. Desde un punto de vista práctico, hay bastante dificultades para alcanzar esta meta, pero las recompensas son enormes si el deporte se mantiene honesto y el reciente éxito sin precedentes de estos Juegos nos hace abrigar esperanza. Nuestra gratitud a todos los que han ayudado al triunfo de estos Juegos”.

En el informe oficial final del COI sobre los Juegos se indicaba que si bien reinaba la desinformación al principio de los mismos, al final provocaron un gran impacto tanto en el público asistente como entre las naciones participantes por la variedad de eventos y la belleza de esta clase de deportes. A partir de Chamonix, lo demás es historia del deporte de invierno. ©RELEVO

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