Bea Lara
Publicado el 19/1/2018 a las 19:00
TIEMPO DE LECTURA: 6 minutos

El pequeño John Curry fue un niño marcado por la pronta prohibición de su padre a dar rienda suelta a su talento con el baile. Mr. Curry, que había sido hecho preso en Dunkerque, volvió a casa totalmente traumatizado tres años después, tras escapar del campo de prisioneros alemán en el que fue confinado. De una prisión pasó a otra, la del alcohol, pese a que en casa le esperaban su mujer, sus hijos -John entre ellos- y un exitoso negocio. Mientras John crecía, anhelando la expresividad del baile y descubriendo en ese camino la pasión por el patinaje, su padre se apagaba cada vez más, hasta que una Navidad de su adolescencia los somníferos acabaron con él. En herencia, Mr. Curry dejó a su hijo una pasión frustrada, cierta tendencia a la melancolía y el anhelo por escapar. Y de regalo, una animadversión por la Navidad.

John Curry no logró que su padre comprendiera su temprana afición por el baile. John no logró que nadie lo entendiera, pese a intentarlo. Era diferente. Por suerte, cuando descubrió el patinaje artístico, no encontró oposición paterna y, aparte de tener talento, se convirtió en una vía de escape para su mundo coreografiado. Pero seguía siendo diferente, y quería hacer cosas que no se contemplaban en este deporte. Era un alma libre, pero para entrar en la élite hay que pasar por el aro y aprender los elementos técnicos.

Pasó su adolescencia gestionando sus diferencias con los demás. Tras morir su padre, se trasladó a Londres para seguir mejorando como patinador, y se encontró con una ciudad que, una vez más, le hacía sentirse solo. La soledad fue una constante en la vida de John Curry. Mezcló un deporte individual, en apariencia bastante frío, con una vida en la que nadie le comprendía o se marchaba.

El Nureyev del hielo

En Londres, John se entrenó duro con el objetivo de ganar el Campeonato Británico de Patinaje. La musicalidad y la interpretación estaban dentro de él -quizá demasiado para lo que estaba dispuesto a aceptar este deporte-, y estaba dispuesto a revolucionar todo para hacer triunfar su manera de patinar, que se parecía más al ballet de Nureyev que a las rutinas atléticas de los patinadores del Este.

En 1969 se quedó a las puertas, consiguiendo un segundo puesto, pero en 1970 se alzó con el triunfo en el Campeonato Nacional. Reino Unido ya no era el mejor lugar de entrenamiento para él: la falta de instalaciones adecuadas se convirtió en un obstáculo para su sueño de ganar el oro olímpico. El sitio adecuado para conseguir sus metas estaba al otro lado del charco.

En 1973, gracias a un patrocinador estadounidense, John Curry cogió sus patines y se fue a entrenar a Estados Unidos. Sin embargo, frustrado por la falta de resultados, estuvo a punto de dejar el deporte. Pero al ponerse bajo la tutela de Gus Lussi para mejorar sus programas libres y, después, bajo la dirección de Carlo Fassi -que entrenó también a Peggy Fleming-, mejoró espectacularmente en sus saltos y figuras. Tenía el ballet y tenía los elementos técnicos: estaba preparado para escalar a nivel mundial.

La temporada preolímpica de 1974-1975 fue solo el prólogo de lo que vendría después: consiguió un bronce en el Campeonato del Mundo y quedó segundo en el Campeonato de Europa. La mejoría de Curry era evidente y solo le quedaba un pequeño salto para conseguir su sueño.

Annus Mirabilis

1976 era año olímpico. Innsbruck estaba ahí, y John había trabajado sobre las carencias atléticas que solían costarle puntos con los jueces, incluyendo las figuras obligatorias que tanto coartaban su libertad creativa. Esa temporada aprendió la importancia de esas figuras cuando le ayudaron a revalidar su título como campeón nacional por una ligera ventaja sobre Robin Cousins. Venían pisándole los talones. Era ahora o nunca.

El patinaje de Curry solía ser calificado, especialmente por los jueces soviéticos, como “poco masculino”, ya que se centraba más en la interpretación musical y dejaba de lado los movimientos más atléticos y atrevidos que se solían esperar en el patinaje artístico masculino. Consciente de ello, John preparó una rutina con suficientes saltos masculinos como para satisfacerlos. Tres saltos triples fueron suficientes para que siete de los nueve jueces le dieran la mayor puntuación, y para que los jueces de la URSS y Canadá le dieran la segunda mejor puntuación. Consiguió 105,9 de 108 puntos posibles en el programa largo.

No solo incluyó esos tres triples saltos, sino que su interpretación artística -la parte que más disfrutaba- fue lo que elevó su actuación por encima de la de sus rivales, y por encima de lo nunca visto hasta entonces en el patinaje artístico masculino. Su programa con el ballet de León Minkus Don Quijote fue uno de los más bellos hasta el momento de la historia de este deporte. Al acabar, una lluvia de claveles le empapó de gloria y cerró una carrera por el Olimpo que había completado con éxito.

Programa corto de John Curry en Innsbruck 1976.

Programa largo de John Curry en Innsbruck 1976.

Su oro fue el primero olímpico en patinaje para Reino Unido, y el primer oro británico en 12 años en los Juegos Olímpicos de Invierno. Aún quedaba el Campeonato del Mundo esa temporada. Para Curry, su última parada antes de terminar en el patinaje amateur, y colofón a un gran año. El escándalo estalló poco antes: Europa se enteraba de que John Curry era homosexual. Al público le dio igual. A John le dio igual: triunfó de nuevo y consiguió el oro mundial.

Tras el sueño dorado

Tras este maravilloso año, Curry se convirtió en profesional y formó su propia compañía, trabajando con famosos coreógrafos de ballet, librándose de las estrictas normas del patinaje artístico de competición y, en parte, cumpliendo el sueño de su infancia. Llegó con su espectáculo IceDancing a Broadway en 1977 y salió de gira con su compañía John Curry Skating Company. Sus espectáculos no tenían nada que ver con los habituales espectáculos sobre hielo: parecían más bien ballet sobre hielo que otra cosa.

En 1987, contrajo el VIH. En 1991 ya había desarrollado SIDA y se retiró, regresando a casa de su madre. Habló en los medios sobre su orientación sexual, escribiendo en un artículo en primera persona en The Daily Mail: “Simplemente acepto ser tal como soy. No lo considero malo o incorrecto, no es ninguna enfermedad.” También escribió sobre su enfermedad: “Creo que mientras más abierta sea la gente, más fácil se vuelve para todos los demás porque la desmitifica. No quiero que los demás se asusten como yo, y quiero que la gente entienda la importancia del sexo seguro. Después de todo, nadie es inmune.” Murió en 1994, con solo 44 años. En el National Ice Centre de Nottingham, una estatua que captura el elegante movimiento de brazos del patinador le recuerda. ©RELEVO

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