18 DÍAS PARA PYEONGCHANG 2018

18
DÍAS PARA
PYEONGCHANG 2018

Alejandro Diago

Publicado el 11/1/2018 a las 12:45

TIEMPO DE LECTURA: 5 minutos

Para llegar a lo más alto, hace falta comenzar desde lo más bajo. ¡Qué bien conocía esa frase Eddie Eagan! Hijo de un humilde ferroviario, desde pequeño entendió que únicamente el sacrificio y la constancia podrían llevarle a alcanzar un futuro mejor.

Un futuro que en un primer momento apenas pasaba por el deporte, sino por asegurarse un porvenir digno. Eddie conocía bien los sacrificios que hacía su madre en el Denver de los años 20 para mantenerle a él y a sus cuatro hermanos, por lo que se preparó para poder entrar a la universidad por méritos propios.

Pero el destino le tenía reservada una jugada: tras apenas un año en la Universidad de Denver, estalló la I Guerra Mundial, a la que Eddie fue llamado a combatir. Como lugarteniente de artillería, Eagan se ganó el respeto y la admiración por sus servicios en el campo de batalla, lo que le valió una oportunidad para entrar en la prestigiosa Universidad de Yale.

La gloria en un ring de Amberes

Al tiempo que compaginaba sus estudios de derecho, Eagan ya empezaba a desarrollar sus cualidades en otro escenario: el ring. Y es que desde que terminó la guerra, Eagan ya hizo gala de sus cualidades pugilísticas por todo Estados Unidos. Unas cualidades que le bastaron para proclamarse campeón nacional amateur de los pesados en 1919 y conseguir una plaza en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920. En la ciudad belga, Eagan volvió a brillar (esta vez en la categoría de los semipesados) y logró hacerse con la medalla de oro. Un hito que confirmaba el portento que era este atleta.

Los cuatro años siguientes los pasó terminando su Grado en la Universidad de Yale, de la que se graduó un año después, entrando en Harvard e incluso haciendo estancias en Oxford gracias a una beca otorgada por la propia universidad. Eagan volvió a tener otra experiencia olímpica de verano en París 1924, pero las cosas no le fueron bien en la categoría de los pesados, quedando eliminado en la primera ronda.

Una mente maravillosa… y unos puños de oro

Pese a todo, Eagan siguió formándose en Oxford. El Reino Unido le abrió las puertas de los estudios y él respondió graduándose también en suelo británico. Pero el gusanillo del ring seguía picándole, y Eddie Eagan no dejó de pelear en aquel país, llegando a proclamarse campeón amateur del Reino de las Islas Británicas.

El talento de Eddie sobre el ring era incuestionable, y su mujer lo reconoció en una entrevista a Sports Illustrated, donde habló de cómo en un viaje consiguió derrotar a los campeones nacionales de los países que visitaba:

“Era un auténtico campeón mundial. Se fue con un amigo de viaje por el mundo y en cada país retaba al campeón nacional. Acabó la travesía invicto. Cuando se hable de campeones invictos, mi marido fue uno de ellos”.

El reto de Lake Placid

Cuando Eddie Eagan parecía que había colgado los guantes y se iba a centrar en su carrera como abogado, una llamada le cambió la vida. Jay O’Brien, amigo suyo y a la postre directivo del USOC [Comité Olímpico de Estados Unidos por sus siglas en inglés], buscaba gente para participar en el evento de bobsleigh a cuatro de los Juegos Olímpicos de Lake Placid 1932. Necesitaba en su equipo a alguien con una complexión física fuerte, y Eddie Eagan seguía conservando su planta de campeón olímpico de boxeo, por lo que decidió unirse a la aventura.

Un anunció que le comunicó a su esposa a la vuelta de la cena, lo que sorprendió aún más a la familia Eagan, que volvía a ver cómo Eddie se lanzaba a una nueva aventura en un deporte que no había practicado nunca. Pero así iba a ser. Y el 14 de febrero de 1932 se presentó en el Monte Van Hoevenberg el equipo que iba a hacer historia en el bobsleigh olímpico estadounidense: William Fiske, Eddie Eagan, Clifford Gray y Jay O’Brien. Cuatro hombres elegidos para la gloria.

El recuerdo más bello

La situación de seguridad en la zona de la prueba no era muy buena: seis corredores tuvieron que ser llevados al hospital por las constantes salidas y vuelcos de trineos a más de 90 kilómetros por hora. La peor parte de todo se la llevó el equipo alemán, que vio como sus hombres llegaron al día de la competición mermados por lo ocurrido en los entrenamientos. Pero eso no frenó al equipo estadounidense, que en los dos días de competición firmó un registro sobresaliente. Los cuatro héroes del equipo norteamericano lideraron tres de las cuatro bajadas (en la última quedaron segundos) y demostraron una superioridad aplastante ante el otro bob estadounidense (plata) y el trineo alemán, que fue bronce.

Eddie Eagan recordó este triunfo para Sports Illustrated, y cómo tuvo que ingeniarselas para solventar los problemas de seguridad que se daban en una bajada que había obligado a varios corredores a ser atendidos debido a las continuas salidas de la pista:

“Esa carrera quedará grabada para siempre en mi memoria. Fueron apenas dos minutos, pero me parecieron eones. Recuerdo que el trayecto estaba cubierto de nieve y lo atravesamos de manera rapidísima casi sin poder fijarnos. Yendo a una velocidad tan rápida en el trazado, sin ningún elemento de seguridad, me agarré a las correas. Parecía que mis manos se resbalaban de ellas, pero me las arreglé para seguir agarrado”.

Honores militares para un campeón

La vida de Eddie siguió ligada al deporte. Y es que tras pasar un tiempo como asistente del fiscal de distrito de Nueva York, colaboró con la Comisión Atlética del Estado de Nueva York (NYSAC). Una vida tranquila junto a su mujer Margaret Colgate después de haber logrado la gloria en el deporte… y en el campo de batalla.

Porque Eddie Eagan volvió a servir al ejército estadounidense en la II Guerra Mundial. Y lo volvió a hacer de forma excelente. Tanto que le ascendieron a lugarteniente coronel. Una vida plena para un deportista de auténtica leyenda. ©RELEVO

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