Alejandro Diago

Publicado el 26/1/2018 a las 14:30

TIEMPO DE LECTURA: 5 minutos

Decía el fundador del Olimpismo moderno, el barón Pierre de Coubertin, que lo importante en unos Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar. Un lema que ha movido a la gran mayoría de participantes en cada edición de la cita olímpica. Michael Edwards, Eddie, es uno de ellos. El protagonista de una de las historias de amor al deporte y a los Juegos Olímpicos, que le llevó a participar en Calgary 1988 en una de las aventuras más surrealistas jamás presenciadas.

Desde bien pequeño, Eddie tenía la ilusión de acudir a unos Juegos Olímpicos. Pero sus características y su falta de talento en cualquier disciplina le hicieron desistir de su sueño de estar en una cita olímpica… hasta que vio una competición de saltos de esquí por televisión. Fue en ese momento cuando dejó su trabajo de albañil para enrolarse en la que iba a ser la aventura de su vida: asistir a los Juegos Olímpicos de Invierno representando a Gran Bretaña en saltos de esquí, algo que no había hecho nadie desde 1928.

Un camino casi en solitario

La marcha a los Juegos de Invierno no resultó un camino de rosas precisamente. Y es que pese a contar con pequeños patrocinios privados, apenas recibió apoyo de las instituciones británicas (Federación de Esquí y Comité Olímpico) para alcanzar una plaza en el equipo olímpico de las Islas. Una decisión que no desalentó a Eddie, que siguió preparándose para acudir a los Juegos.

Tras quedarse muy cerca de acudir a la cita de Sarajevo en 1984 (pese a que la norma se lo permitía, no pudo acudir por la falta de apoyo institucional) Eddie comenzó a preparar la cita de Calgary 1988. Dos entrenadores estadounidenses estarían apoyándole y formándole en el mundo de los saltos de esquí donde él, ya fuera por su inexperiencia, nacionalidad o forma física (estaba con más peso que la mayoría de saltadores), destacaba.

Pero eso no le desmotivó, y comenzó a tomar parte en pruebas de la Copa del Mundo en Europa y Estados Unidos. De esta forma llegó su debut en Lake Placid en 1986. Los resultados fueron los esperados: última posición y con unas marcas dignas de un juvenil más que de un atleta profesional. Pese a ello, Eddie afrontó con ganas el desafío y en su primer día completó saltos desde los trampolines de 10, 15 y 40 metros. Algo para lo que hacen falta varios años en la formación de un saltador, lo hizo Eddie en apenas una jornada.

La falta de recursos no es problema

Eddie estaba dispuesto a acudir a la cita de Calgary. Y a pesar de los patrocinios de pequeñas empresas, se topaba una y otra vez con la negativa de la federación británica, que argumentaba falta de fondos. Una situación que, lejos de amilanar al británico, le motivó para seguir hacia delante. Por ello, Eddie tomó una decisión: irse al país donde los saltos de esquí son una tradición: Finlandia. El país del gran campeón del momento, Matti Nykänen, sería el lugar donde aprendería los secretos de este deporte.

Pero moverse desde Cheltenham, el pueblo de Gloucester donde residía, hasta territorio escandinavo no era nada barato. Por ello, decidió pasar las noches en un hospital psiquiátrico ya que era allí donde resultaba más barato alojarse (1 libra la noche). Y fue allí donde recibió la noticia de la clasificación olímpica. El sueño de acudir a Calgary 1988 se hacía realidad y Eddie iba a estar con los mejores saltadores del planeta luchando en una cita olímpica.

“Habéis volado como un águila”

En Calgary, las expectativas de Eddie eran muy claras: completar una clasificación lo más digna posible y representar a Reino Unido de la mejor manera. Sin embargo, para la fecha en la que comenzaron los Juegos, Eddie ya era un ídolo de masas en su país. Su tirón entre los aficionados al provenir de una familia trabajadora hacía que muchos aficionados le apoyaran por el simple hecho de estar en los Juegos Olímpicos. No era un gran campeón, pero se había ganado el cariño de la gente.

Un cariño que se tradujo en una gran atención mediática hacia la figura de Eddie. Algo que no gustó mucho a sus competidores y a muchos dirigentes de federaciones deportivas, que veían cómo la atención se centraba en un amateur en vez de en los mejores participantes de la competición. Pero Eddie siempre respondió que era el primero en tomarse en serio este deporte, y participó en las pruebas de saltos de esquí en los trampolines de 70 y 90 metros. En ambas quedó último, pero el público no dejó de reconocer el gran trabajo de este atleta.

Un reconocimiento que también llegaría el día de la ceremonia de clausura de Calgary 1988. El presidente del Comité Organizador,  Frank King, en su tradicional discurso de cierre de los juegos, se acordó de Eddie con las siguientes palabras: “habéis batido récords del mundo y habéis conseguido plusmarcas personales. Incluso, algunos de vosotros habéis volado como un águila”. Inmediatamente después, Eddie se levantó y todo el estadio rompió en aplausos para él.

Una norma para evitar casos como el suyo

Tras Calgary, el Comité Olímpico Internacional decidió tomar una medida drástica para evitar casos como el de Eddie, la llamada norma del Águila. Según ésta, para que un atleta pudiera clasificarse para los Juegos, éste debería clasificarse el 30% de las ocasiones entre los 50 primeros puestos. Algo que Eddie no consiguió pese a que intentó clasificarse para los siguientes Juegos de Albertville, de Lillehammer e incluso de los de Nagano.

Pese a todo, Eddie volvió de Calgary convertido en toda una celebridad mediática. Sus apariciones en medios de comunicación se multiplicaron, comenzó a dar charlas sobre su experiencia para acudir a los Juegos… e incluso acudió a un programa de saltos de trampolín como participante. Una vida de película, como la que protagonizó en 2016 Taron Eagerton caracterizado como el propio Eddie. Y es que aún hoy, el vuelo de Eddie sigue siendo recordado como uno de los momentos clave del Olimpismo. ©RELEVO

Lo más importante para Eddie Edwards fue participar. El resto, sobraba.

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