Bea Lara

Publicado el 17/1/2018 a las 16:00

TIEMPO DE LECTURA: 5 minutos

2017 ha sido declarado como el año más seguro de la historia en cuanto a tráfico aéreo civil se refiere: solo 10 accidentes. Posiblemente no recuerdes haber visto ningún percance sobre aviación civil en las noticias el año pasado. Pero aún está en nuestras mentes el suceso de aviación que conmocionó al mundo del fútbol en 2016: el Chapecoense nos hizo revivir pasados y trágicos fantasmas de aviones estrellados y equipos mermados por el infortunio. Tan aciago percance no ha sido, por desgracia, el único que alguna vez ha estremecido los corazones de los aficionados al deporte, una actividad que requiere de constantes viajes por aire y tierra.

Los aficionados estadounidenses no olvidarán jamás el 15 de febrero de 1961. Seguramente muchos esperaban con ganas que comenzara el Campeonato del Mundo de patinaje artístico que se iba a celebrar en Praga. Sin duda, el equipo estadounidense, formado por 18 patinadores, 6 entrenadores y 4 jueces, además de 6 familiares de los deportistas, lo estaba deseando. Embarcaron al vuelo 548 de Sabena en el aeropuerto Idlewild (a partir de 1963, aeropuerto John F. Kennedy) en ruta Nueva York-Bruselas-Praga, pero nunca llegaron a hacer escala en la capital belga. Lo intentaron, pero esperando permiso para aterrizar, el avión comenzó a moverse de manera errática y se estrelló en las inmediaciones de Berg. Nunca se supo por qué, pero todos los atletas del equipo completo de patinaje artístico estadounidense fallecieron. El Campeonato del Mundo de 1961 jamás se celebró.

Imagen del equipo de patinaje artístico de Estados Unidos antes de embarcar en el fatídico vuelo de Sabena hacia Praga.

La vida después del vuelo 548 de Sabena

Estados Unidos había perdido a toda una generación de atletas de un deporte que había dominado durante toda la década de los 50. Muchos eran jóvenes promesas que entrenaban duro con la mirada puesta en Innsbruck 1964. ¿Cómo recuperarse de una tragedia así? Sería necesario un milagro para poder conseguir resultados deportivos en la década de 1960.

En 1962, una jovencísima patinadora llamada Peggy Fleming, cuyo anterior entrenador, William Kipp, había fallecido en el trágico vuelo 548, consiguió una medalla de plata en la categoría debutante del Campeonato Nacional de Estados Unidos. Con un panorama mermado de potenciales competidores, al año siguiente consiguió la medalla de bronce como júnior, y ya en 1964 consiguió ser campeona nacional sénior. Fleming había conseguido crecer en su tierra, posicionarse como la mejor… Pero, ¿significaba eso que sería capaz de devolver a Estados Unidos a la posición que le correspondía como potencia en patinaje artístico? ¿Era irrecuperable lo perdido en 1961?

Innsbruck 1964: toma de contacto

Tras ser campeona nacional, partió rumbo a los Juegos Olímpicos de Innsbruck. En su primera participación en una cita olímpica, consiguió ser sexta. Tranquilos, aún queda otra cita olímpica en esta década. En el Campeonato Mundial de Dortmund acabó en una posición similar: séptima. Los milagros llevan tiempo…

De esta Olimpiada a la siguiente, Peggy Fleming se dedicó a dominar en el patinaje artístico estadounidense, consiguiendo un oro tras otro en el Campeonato Nacional (hasta su retirada en 1968 no se bajó el escalón más alto del podio) y a mejorar en el panorama internacional. En 1965 llegó a ser bronce mundial, y en 1966 consiguió el oro en el Campeonato Mundial de Davos. Se había gestado el prodigio: Estados Unidos no iba a despedirse de una década con su palmarés de patinaje artístico en blanco.

A partir de ese año, nadie consiguió bajar a Fleming del podio. Carlo Fassi empezó a entrenarla, con la mente y el corazón en Grenoble 1968. Sus victorias mundiales devolvieron a Estados Unidos a su posición de supremacía previa a la tragedia de 1961, pero aún quedaba la gran maravilla: ¿sería capaz de conseguir el oro olímpico?

Fragmento de la Película Oficial de los Juegos de Invierno de Grenoble 1968 donde se puede observar el ejercicio que le dio el oro a Peggy Fleming.

Vídeo del Comité Olímpico Internacional.

 

Grenoble 1968

Peggy Fleming venía de una familia que lo había dado todo por su amor al patinaje artístico. Su madre diseñaba y cosía casi todos sus vestidos, y su padre, en busca del mejor entrenador posible para Peggy, mudó a la familia dos veces. A nivel personal, Grenoble 1968 constituía una oportunidad de llegar a aquello con lo que siempre había soñado y por lo que toda su familia había apostado.

Pero esta cita no solo era importante para Peggy Fleming. Todo el país, todavía con la tragedia de 1961 fresca en sus mentes, esperaba que esta patinadora fuera el rayo de esperanza que deseaban. Innsbruck 1964 había sido un fracaso en resultados para el patinaje artístico. Solo llegó a casa un bronce, de la mano de Tim Wood. Era el momento, la oportunidad, de conseguir la victoria olímpica que demostrara al mundo que Estados Unidos aún no había dicho la última palabra, que había un nuevo comienzo para este deporte a la vuelta de la esquina.

Presión. Expectativas. El mismo Charles de Gaulle inauguró el evento, que no estuvo libre de problemas. Se había invertido mucho dinero para preparar Grenoble para la ocasión, pero la falta de instalaciones desplazó muchas pruebas a la periferia. Hasta siete villas olímpicas fueron construidas, dispersando el espíritu olímpico. Por otro lado, los Juegos Olímpicos de Invierno de Grenoble fueron los primeros que se televisaron en color. Todo el mundo vería en directo y con todo detalle el final del camino que Peggy había recorrido.

Pero Fleming llegaba lista para ganar, con una técnica mucho más pulida que en su anterior cita y mayor experiencia internacional. Era ahora o nunca. Y cumplió con lo esperado, con determinación, estilo y gran belleza en su ejercicio, lo que contrastó con sus rivales europeas, concentradas en la técnica y olvidando la coreografía en el programa libre. Su imagen, recompensada en la puntuación por su gracia y expresión artística sobre el hielo, es una de las más recordadas de Grenoble 1968. Además, ganó el único oro de esa cita para Estados Unidos. Seguro que sus compañeros habrían estado orgullosos de ella por devolver su país al lugar que le correspondía. ©RELEVO

Podio de patinaje artístico femenino en Grenoble 1968, de izquierda a derecha: Gabriele Seyfert (R.D.A., plata), Peggy Fleming (EE.UU., oro) y Hana Masková (República Checa, bronce).

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