Alejandro Diago

Publicado el 20/1/2018 a las 18:00

TIEMPO DE LECTURA: 7 minutos

Hablar de la Unión Soviética en 1980 era hablar de una de las potencias deportivas más fuertes del mundo, y más en deportes de invierno. Su controvertido sistema de formación y entrenamiento de atletas hacía que en cada cita olímpica los deportistas soviéticos subieran la mayoría de las veces a lo más alto del podio. Todo parecía igual hasta ese año, cuando en los Juegos de Invierno de Lake Placid se iba a materializar una de las mayores sorpresas del deporte hasta ese momento.

Para empezar esta historia hay que irse a Minneapolis, la capital del estado de Minnesota. En 1979, Herb Brooks volvió a triunfar con la Universidad de Minnesota al proclamarse campeón nacional universitario dirigiendo al equipo de hockey sobre hielo. Un hito que no pasó desapercibido entre los directivos del Comité Olímpico de Estados Unidos (USOC), que buscaban a alguien para encabezar la selección que disputaría los Juegos de Lake Placid un año después. Brooks aceptó el cargo de seleccionador y comenzó a escribir una de las páginas más doradas del deporte estadounidense.

Armar un equipo competitivo

La selección que se encontró Brooks estaba casi destartalada. Apenas quedaba un jugador del anterior ciclo olímpico, en el que los americanos volvieron a quedar por detrás de la intratable Unión Soviética en los Juegos de Innsbruck de 1976. De esta manera, Brooks optó por unir a jugadores de la universidad que había hecho campeona, Minnesota, con la de su gran rival, Boston. Esa rivalidad fue motivo de malos momentos y peleas entre jugadores al inicio de la preparación. Una situación que Brooks no pasó por alto y comenzó a cortar por lo sano. Realizó un test psicológico a los jugadores que había preseleccionado para ver si respondían al nivel de estar en la concentración.

El verano de 1979 transcurrió largo y entre duras sesiones de entrenamiento. Pero Brooks había advertido que ese equipo podría ganar el oro si se encontraba todo su potencial. Y así lo hizo. Poco a poco, fue convenciendo a los jugadores de su talento y del nivel que podrían ofrecer, y lo hizo a través de sesiones interminables de velocidad con patines y partidos de entrenamiento llenos de tensión entre los que serían después compañeros de aventura olímpica.

La hora de las primeras pruebas

Con el equipo tomando forma, Brooks se llevó a los jugadores a realizar varios partidos de prueba en septiembre de ese mismo año. Una gira por Europa y América le ayudó a ver cuáles eran las debilidades y fortalezas del grupo a escasos meses de la cita olímpica… y lo que parecía era que había más de lo primero que de lo segundo. Un empate a 3 en Noruega contra la selección nórdica obligó a Brooks a castigar a sus jugadores con un entrenamiento con las luces apagadas en el mismo pabellón donde jugaron.

La catarsis vivida en Noruega hizo que los jugadores experimentaran una mejora en los siguientes partidos contra equipos universitarios y profesionales. El equipo iba cada vez tomando más y mejor forma antes de llegar al duelo previo que sería el termómetro definitivo antes de afrontar la cita olímpica: un amistoso en el Madison Square Garden contra la Unión Soviética. Una prueba que no pudo ser más dura para los americanos: victoria foránea por 10-3 y la sensación de que este equipo ruso era casi imbatible.

Sin emisión en directo

Concluida la preparación, llegaba la hora de afrontar los Juegos Olímpicos. Lake Placid se vistió de gala para acoger la cita olímpica, y el Centro Olímpico de la ciudad esperaba ya a los protagonistas de la competición de hockey hielo. Una competición en la que eran pocos los que apostaban por los Estados Unidos, y menos después de la dura derrota sufrida semanas atrás en Nueva York contra la URSS. Para más inri de los americanos, su andadura en el torneo comenzó con un empate ante Suecia en el último minuto. El comienzo no había podido ser peor.

Por ello, no era extraño que las predicciones de después dijeran aquello de “a menos que se funda el hielo, los soviéticos ganarán el oro.” El nivel de los americanos estaba aún lejos de su máximo a escasos días de comenzar el gran partido entre la URSS y EEUU. Eso sería el 22 de febrero de 1980… y no contaría con televisión en directo. ¿Por qué? La ABC, poseedora de los derechos de los Juegos, no pudo trasladar el partido de las 17.00 a las 20.00 horas, lo que provocó que se emitiera en diferido. Además, varias partes del encuentro fueron editadas antes de su salida al aire.

La noche del 22 de febrero

Una emoción en directo que sí se vivió en el Centro Olímpico, con un lleno absoluto y repleto de banderas estadounidenses. Todo estaba preparado para que arrancara el partido ante la URSS en un ambiente único. Un ambiente que se encargó de enfriar Vladimir Krutov a los pocos minutos, anotando el primer tanto soviético. Pero Buzz Schneider se encargó de empatar el partido a mitad del primer periodo. La alegría volvía a los aficionados estadounidenses, aunque iba a durar poco, ya que Sergei Makarov iba a poner el 2-1. No obstante, Mark Johnson sorprendería poniendo el 2-2 al final de esa mitad.

Un resultado que obligó a la URSS a realizar el cambio más inverosímil del partido. Vladislav Tretiak, la gran estrella de la portería, sería sustituido por Vladimir Myshkin. Los soviéticos seguían realizando buenos ataques pero se topaban con un Jim Craig que sólo concedió un gol en los siguientes 30 minutos: el de Aleksandr Maltsev con el que los soviéticos se llevaban el segundo periodo liderando 3-2.

Do you believe in miracles? YES!

La dureza del juego iba aumentando por momentos, pero eso no replegaba a los americanos, que seguían jugando y buscando la sorpresa ante los soviéticos. Y en una jugada, Mark Johnson volvió a empatar cuando quedaban 20 minutos para el final. La gloria estaba cerca para los anfitriones, y no iban a desaprovecharla. A diez minutos del bocinazo final, Mike Eruzione, el capitán del equipo, iba a aprovechar una jugada de Mark Pavelich e iba a anotar el 3-4 definitivo. El júbilo estalló en un pabellón que vivió una de las grandes sorpresas del deporte de todos los tiempos.

Los soviéticos estaban desubicados, pero no cesaban en su intención de empatar. Aunque a medida que pasaban los minutos se les hacía más difícil. Nadie podía creerse lo que se estaba viendo. El gigante soviético era derrotado por un grupo de jóvenes americanos que no pasaban de 21 años. Las palabras de Al Michaels en la ABC (quien se preparó la transmisión jugando al hockey de mesa con los nombres de los soviéticos) fueron muy claras en la recta final del encuentro. “11 segundos, quedan 10. El reloj sigue bajando. Morrow, para Silk. Cinco segundos para acabar. ¿Creen en los milagros? ¡SÍ!.”

Finlandia, el último escollo.

La hazaña de batir a la URSS estaba completa. Pero si querían ganar el oro aún quedaba un partido por vencer: nada menos que ante Finlandia. Y parecía que ese oro no se iba a conseguir, porque al descanso del segundo tiempo perdían 2-1. Brooks volvió a arengar a sus jugadores a falta de 30 minutos: “como no ganéis, esto os acompañará hasta la tumba.” Dicho y hecho. Estados Unidos doblegó a los finlandeses por 4-2 en un final de encuentro memorable para asegurarse el oro.

Un oro que fue recibido en el podio únicamente por Mike Eruzione, que no dudó en llamar a sus compañeros para celebrar ese momento. En el centro de la pista, todo el equipo se abrazó para celebrar ese momento. El equipo había pasado a la Historia del deporte de EEUU. Y el reflejo fue la portada de Sports Illustrated una semana después. La foto de los jugadores celebrando el 4º tanto ante la URSS fue lo único que salió en la tapa de la revista norteamericana. Su director dejó claro que no hacía falta ningún titular: “todo el mundo sabía lo que había pasado.”

Iconos de la cultura popular

Tras la medalla de oro, muchos de los jugadores del equipo olímpico estadounidense comenzaron su carrera profesional en la NHL. Pero este momento se convirtió en un icono de la cultura popular que fue replicado en varias películas, documentales y emisiones de televisión. No sólo eso, sino que también el triunfo sobre la URSS fue elegido el mejor momento deportivo del Siglo XX en EEUU. Y es que el equipo olímpico de hockey sobre hielo de 1980 simbolizó los imposibles. Razón de peso para que 22 años después, aparecieran por sorpresa para encender el pebetero de los Juegos de Salt Lake City. El mejor homenaje posible a estos héroes. ©RELEVO

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