18 DÍAS PARA PYEONGCHANG 2018

18
DÍAS PARA
PYEONGCHANG 2018

José M. Amorós

Publicado el 12/1/2018 a las 13:10

TIEMPO DE LECTURA: 4 minutos

La historia del deporte no siempre está escrita por ganadores. Más bien, las mejores historias están escritas desde la lírica con aventuras increíbles o hazañas excéntricas que pasan a la memoria colectiva. En ocasiones, el protagonista menos esperado relata con sus hechos un hito recordado para siempre. El héroe de estas líneas procede de la cuna de las héroes, de los mitos y de la épica.

Los amantes de la cultura y el arte conocerán la tragedia griega. Para los que no tengan esa suerte, podemos resumirla como el género teatral basado en torno al sufrimiento de un personaje y a la piedad. El mito de esta historia se llama Antoine Miliordos, un joven esquiador griego participante de los Juegos Olímpicos de Oslo 1952. A sus 28 años, conseguía participar en una cita olímpica por primera y última vez. Miliordos participaría en dos de las tres pruebas del calendario del esquí alpino: eslalon y descenso.

La historia no comenzó con letras de oro, ni mucho menos. La estación de esquí de Norefjell acogió aquel 16 de febrero la prueba de descenso, donde Antoin no comenzó nada bien su aventura olímpica. Fue uno de los nueve descalificados por no completar adecuadamente el recorrido. 

Pero su gran participación y su salto a la épica estaba escrita para solo tres días después. El 19 de febrero, 86 esquiadores se daban cita en la estación de Rødkleiva, sede del eslalon. Miliordos estaba ante su última cita y era momento de resarcirse de una descalificación que no era, sin duda, el estreno que él había soñado. No poder aparecer ni siquiera en la clasificación del descenso había mermado especialmente al bueno de Antoin. Lo daría todo en el eslalon para volver a Grecia con el deber cumplido y un papel meritorio representando a un país con poca o, mejor dicho, ninguna tradición invernal.

Y es aquí, en el portón de salida del eslalon cuando la tragedia griega comienza a tomar forma con Miliordos como protagonista. No, no terminó herido o eso creemos. Pero sí hubo caídas… y tanto que las hubo. Antoin no comenzó bien la prueba y no tardó en sufrir un primer costalazo contra la nieve. No iba a ser el primer medallista griego en unos Juegos de Invierno, eso ya lo tenía claro.

Pero el problema era otro: las caídas se repitieron tantas veces que apenas cruzaba una baliza sin tener un despeñamiento antes de llegar a la siguiente. Cada caída ponía por delante el reto de levantarse y ponerse erguido sobre un recorrido que ya le tenía preparada la siguiente trampa. Los segundos pasaban tan rápido como la Sirtaki (de Zorba el griego) cuando va subiendo su ritmo. Y las caídas también. Miliordos, con la meta como objetivo, volvía a caer una y otra vez. Tal fue la desesperación que la rendición estuvo muy cerca. Cuando, a mitad de recorrido, el participante heleno quedó sentado sobre la ladera durante unos segundos.

Allí estaba, sentado, mirando la empinada cuesta de Rødkleiva que lo había hecho caer nada menos que 18 veces en una sola prueba. En su único eslalon olímpico. Observando. Como los turistas admirando el pasar del tiempo en las ruinas atenienses de su tierra. Fue ahí cuando cualquiera hubiera abandonado antes de pasar a la historia. Cualquiera hubiera querido desaparecer sin dejar rastro, no llegar a meta para no dejar pruebas de que allí un joven griego había estado más tiempo en el suelo que sobre sus esquís en una prueba olímpica de invierno. Miliordos no era así. La tragedia griega no siempre termina de forma triste, está protagonizada por los mitos y, queriendo o sin querer, ese papel le había tocado a él. La mirada hacia abajo, hacia la ansiada meta, le hizo rehacerse y pareció cerrar un pacto con sí mismo.

Antoin se levantó con una sola intención: cruzar la meta sí o sí. Y lo hizo. Después de dieciocho caídas en el recorrido, el mito de Miliordos cogía forma en la ladera de Rødkleiva. El héroe estaba a punto de ganar su batalla personal. El esquiador griego cruzaba la meta mirando hacia atrás con un tiempo de 2 min 26 s 90 ct, 26,9 segundos más lento que el tiempo del austriaco Othmar Schneider en dos rondas completas. Obviamente, fue el último clasificado de la prueba. El tiempo, al final, era lo de menos. Se había sobrepuesto a la prueba deportiva más difícil y más importante de su vida y la había terminado con éxito: el éxito de mostrar al mundo que no siempre el objetivo es ganar. Hay muchas veces que el objetivo es llegar a la meta. Lo importante es participar, reza el mantra olímpico. Los mitos no siempre se hacen ganando. Su triunfo está en pasar a la Historia. ©RELEVO

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