Rubén Martín Bravo

Publicado el 12/1/2018 a las 15:00

TIEMPO DE LECTURA: 9 minutos

En diciembre de 1979 Leonid Brezhnev, a la sazón Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética y Presidente del Soviet Supremo, ordenaba la invasión de Afganistán. El motivo fue el asesinato del presidente del país asiático, miembro del Partido Comunista local, por facciones rivales. Este movimiento soviético, que desembocó en una guerra de casi 10 años y fue ampliamente criticado en todo el mundo, tuvo consecuencias deportivas. En 1980 se celebrarían Juegos Olímpicos de Verano en Moscú pero Estados Unidos, junto a 65 países más, declinó participar.

El boicot mundial a los juegos de la capital soviética tuvo su continuación con el recíproco de la URSS y 14 países aliados suyos que no acudieron cuatro años después a los Juegos de Los Ángeles 1984. Coletazos de la Guerra Fría. Pero, sin embargo, ésta no fue la primera ausencia soviética a unos Juegos Olímpicos por razones políticas o ideológicas.

Deporte burgués

La Unión Soviética, una vez apagada la llama revolucionaria del 17, hizo del deporte uno de sus instrumentos de propaganda favoritos. Adolf Hitler utilizó esta herramienta con mayor previsión y precisión, pero a Iósif Stalin, líder soviético desde 1922, no le entusiasmaban demasiado los deportes. La educación física no era una prioridad en el país, donde el régimen ansiaba la reindustrialización tras las penurias de la guerra civil.

No obstante, ya en los años 20, el régimen soviético promovió su propio estilo proletario de cultura física (fizicheskaia kultura) como parte de amplios programas de salud, higiene y entrenamiento premilitar. El potencial era claro y resultaba tentador convertir a los deportistas en deportistas de estado que demostraran la superioridad del régimen socialista y ocultaran la mísera realidad social.

Durante la primera mitad de los años 20, el mundo del deporte soviético enfrentó a distintas concepciones ideológicas y organizativas. De un lado, los que aspiraban a desarrollar el deporte de élite y a organizar competiciones, personificados en el Vsebobuch (Oficina Central de Entrenamiento Militar) y el Komsomol (Juventudes Comunistas). Del otro lado, los higienistas (médicos y sanitarios) y el grupo Proletkult (Cultura Proletaria), hostiles a las tradiciones prerrevolucionarias sobre las que pretendía alzarse la nueva cultura física.

Los higienistas consideraban que el deporte competitivo era incompatible con el socialismo y perjudicial para la salud física y mental, oponiéndose al deporte-espectáculo y declarando como irracionales y peligrosos deportes como el boxeo y la halterofilia, que fomentaban además el individualismo. Los proletkultistas afirmaban que todos los deportes burgueses representaban un pasado decadente y el reflejo de una cultura degenerada.

Pero la nación roja también se vio contaminada por la cultura deportiva global y la cultura proletaria acabó perdiendo peso ante el dominio del fútbol capitalista, sobre todo. Era la lucha entre el estilo anglo-americano de deporte, enfocado hacia el individualismo, la competición, el triunfo y la búsqueda de plusmarcas, frente al enfoque soviético de cultura física proletaria y obrera. La Unión Soviética apostaba por un deporte de clase, colectivista y orientado a las masas. Deportes como el fútbol y el boxeo eran así perseguidos.

Aproximación a Occidente

La Unión Soviética se autoexcluyó del panorama deportivo internacional, considerando la visión occidental del deporte como capitalista y explotadora. Los soviéticos se oponían a ese deporte considerado burgués pero fueron cediendo, especialmente a partir de los años 30 en lo relativo al fútbol. No obstante, si el deporte era un instrumento al servicio de la burguesía, por qué no iba a servirles también a ellos para sus fines. También tuvo que ver el nacimiento del Frente Popular y la entrada soviética en la Sociedad de Naciones (germen de la ONU) para luchar junto a los burgueses contra la amenaza fascista. Amén de encaminarse el régimen hacia políticas más conservadoras en lo social y cultural, así como para adelantar los logros capitalistas en terrenos como el agrícola y el industrial.

En el campo olímpico, no hay que olvidar que los rusos participaron como miembros en la formación del Comité Olímpico Internacional en 1894 y que un puñado de atletas del entonces Imperio Ruso participaron en los Juegos de Londres 1908 y Estocolmo 1912. Pero los resultados fueron bochornosos. Nada extraño en una Rusia eminentemente agrícola, sin una burguesía hegemónica y con una población urbana sin tiempo libre que destinar hacia actividades de ocio. El Zar Nicolás II creó una oficina gubernamental de promoción deportiva para estimular a las asociaciones y clubes que germinaban en Moscú y San Petersburgo.

Con el impulso zarista, Rusia barajó celebrar unos Juegos Olímpicos en su territorio, pero los alcaldes de los dos grandes urbes se negaron. “Nada bueno puede resultar de esta idea de desarrollar el deporte”, declaró el alcalde de Moscú. Había miedo fundado a las repercusiones revolucionarias de las concentraciones de masas. Los obreros rusos tampoco acogieron con agrado, ya en el marco revolucionario, los primeros intentos de introducir ejercicios deportivos en los centros de producción. Aunque el objetivo, como no, era también formar futuribles soldados, bien formados físicamente y con buenas nociones de tiro.

Aunque el anteriormente mencionado Vsebobuch fue disuelto en 1923, es curioso como muchos de los primeros equipos capaces de atraer multitudes germinaron dentro del Ejército Rojo o de la policía política soviética (GPU). Así, la mayoría de futuros héroes deportivos de la nación eran militares o agentes de la policía. Pero pese a las posibilidades propagandísticas de las competiciones deportivas internacionales, seguidas por millones de personas en todo el mundo, el régimen temía poner en liza a sus atletas por si no daban la talla frente a los mejores atletas de Occidente. El precedente de Londres y Estocolmo era palpable.

Por ello, y con la excusa del aislamiento imperialista, en 1921 se creó durante el Tercer Congreso de la Internacional Comunista, la Asociación Internacional Deportiva Roja y las Organizaciones de la Gimnasia (Sportintern). Esta organización pretendía agrupar a todas las asociaciones deportivas obreras y campesinas que priorizaba la cultura física, la gimnasia, los juegos y el deporte como medios de la lucha de clases y no un fin en sí mismos.

Las Espartaquiadas

A mediados de los años 20, la Rusia soviética empezaba a normalizar sus relaciones con el capitalismo. Mientras la Internacional Comunista y el Sportintern pretendían restringir los encuentros deportivos al marco de las organizaciones obreras, los jerarcas bolcheviques no veían problema en establecer relaciones deportivas oficiales con equipos no comunistas de estados vecinos, descolonizados y de importancia geoestratégica. Llegó a pensarse en la celebración de una Espartakiada de Oriente (referencia a Espartaco como liberador de esclavos) en Bakú (Azerbaiyán) con la presencia de Turquía, Afganistán, Persia, China, Marruecos y Palestina.

Los soviéticos habían estado ausentes de los Juegos Olímpicos de Verano desde Amberes 1920 y no volverían hasta Helsinki 1952. La Sportintern contestó a los Juegos de Amsterdam 1928 con una Espartaquiada en Moscú en agosto del mismo año. Dominaron los atletas soviéticos pero participaron unos 600 deportistas de más de una docena de naciones. No dejaba de ser una respuesta también a las Olimpiadas Obreras que organizaba la Internacional Deportiva Obrero Socialista (miembro de la Internacional Socialista). Lucha de egos, de ideologías y de concepciones. Se celebraron ediciones de estas Espartaquiadas de la Sportintern en 1931 (en Berlín) y en 1937 (en Amberes). No se celebró la prevista en Moscú en 1935, aunque se emitió filatelia conmemorativa. También se celebraron dos de invierno en 1928 y 1936 (ambas en Oslo).

Pese a su oposición al deporte competitivo oficial y a las olimpiadas burguesas para no desacreditarse ante el movimiento deportivo obrero, a mediados de los años 30 y a partir del acuerdo de no agresión con la Alemania nazi de 1939, el régimen de Stalin aceptó que el olimpismo había dejado de ser un enemigo. De hecho, en ese mismo 1939 se celebró en la URSS el Día Olímpico y el Estado promovió todas las modalidades deportivas incorporadas a los Juegos desde 1896. Pese a que pidieron el boicoteo de los Juegos de Berlín 1936, realmente no fueron invitados a los mismos y el propio Coubertin, ya retirado, protestó por ello, calificándolo de mancha en los ideales olímpicos.

Cambio de ciclo

La URSS pretendía ingresar en la federaciones internacionales y participar en campeonatos del mundo a gran escala, pero la Segunda Guerra Mundial detuvo los planes. Al término de la misma, en 1948, Nikolai Romanov, presidente del Comité de Asociaciones Deportivas de la Unión, proclamaba: “¡Por el deporte de las masas, por los récords!” (“Sa massowostj, sa rekordy!”). El cambio era notorio. Pero St. Moritz no les vería hacer honor a dichas palabras en 1948, y hubo que esperar a Cortina d’Ampezzo en 1956 para ver a Lyubova Kozyreva convertirse en la primera medallista de la historia para el país en unos Juegos de Invierno. Se impuso en los 10 kms. de esquí de fondo femeninos y obtuvo también una plata en los 3 x 5 kms.

La ciudad suiza de St. Moritz tuvo el honor de repetir sede de los Juegos de Invierno en 1948. 713 atletas representaron a 28 naciones durante 10 días entre el 30 de enero y el 8 de febrero. Aunque Lake Placid (ya sede en 1928) se postuló como sede de los primeros Juegos de Invierno tras la II Guerra Mundial, el COI decidió aliviar tensiones en un país neutral como Suiza. Aunque obviamente, estos Juegos fueron una celebración de los países vencedores en el reciente conflicto bélico, como los de Amberes en 1920 con respecto a la I Guerra Mundial. E igual que lo serían los de verano de Londres en agosto. Por ello, Alemania y Japón no fueron invitadas a participar.

El régimen soviético declinó participar igualmente en los Juegos de Verano de Londres 1948 (denominados Juegos de la Austeridad por la falta de nuevas instalaciones construidas), pero mandó una delegación de diez observadores que concluyeron que la URSS hubiera acabado segunda en el medallero, solo por detrás de Estados Unidos. El régimen se centró en participar en competiciones internacionales de deportes con gran seguimiento popular y donde los atletas soviéticos tuvieran garantizado el éxito. Esta política se tradujo en pocas participaciones o partidos. Para ese año, solo 43 delegaciones soviéticas compitieron internacionalmente y el país solo recibió a 12 delegaciones extranjeras.

Ya en 1951, el Presidium del Comité Olímpico Soviético (creado ese año) anunciaba, siguiendo órdenes de Stalin, la participación de la nación en los Juegos de Helsinki 1952. Ya no faltarían a ninguno (salvo a Los Ángeles 1984). Aunque siempre mantendrían un recuerdo del pasado con sus Espartaquiadas, en versión Juegos de los Pueblos Soviéticos. Fueron celebrados antes de los Juegos de Melbourne de 1956 como aperitivo, preparación y proclamación de su ideología hasta el final.

Dopaje institucionalizado

El deporte de estado ruso (o más bien dopaje de estado) vuelve a retumbar con fuerza antes de que se inaugure Pyeongchang 2018. En este caso no hay protesta o boicot, simplemente expulsión. La Agencia Mundial Antidopaje demostró en un informe la existencia de pruebas según las cuales el Ministerio de Deportes y el Servicio Federal de Seguridad rusos habían pergeñado un “sistema de seguridad dirigido por el Estado” entre 2011 y 2015. La desaparición de positivos por dopaje mediante el intercambio de muestras forzó al COI a prohibir la participación de Rusia en los Juegos de Pyeongchang y sancionar al Comité Olímpico Ruso. Solo los atletas rusos limpios podrán participar bajo bandera olímpica.

Con la Copa del Mundo de fútbol de la FIFA que se celebrará en el país en este mismo año, Rusia ya tiene un foco de propaganda o atención en su propio territorio. Pero el escándalo y bochorno olímpico, con reminiscencias al dopaje de estado de Alemania de Este de los 60 a los 80, pone en evidencia de nuevo el amor y el desamor del país soviético hacia el deporte y hacia el olimpismo, bien por razones ideológicas, sociales o puramente económicas. ©RELEVO

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