OPINIÓN

Rubén Martín Bravo (Periodista y diseñador)

Narradores, comentaristas, periodistas: el DNI no tiene cabida en una crónica, en una retransmisión, en una emisión. Por encima del sentimiento propio, está el DEPORTE, con mayúsculas.

Publicado el 13/6/2017 a las 18:10

TIEMPO DE LECTURA: 6 minutos

Está reciente. Está caliente. Aún humea. Situemos, no obstante, los hechos. Glosemos brevemente a un extraterrestre para los otros extraterrestres, los que no lo sepan.

Tarde de domingo. París. Pista central de Roland Garros. Un español, balear, manacorí, Rafael Nadal, el del #VamosRafa, está a punto de ganar su décimo trofeo en dicho campeonato. Impresionante. Histórico. Una leyenda del tenis. Diez victorias, diez en trece participaciones, en el torneo más prestigioso sobre tierra batida del mundo.

Una gesta porque quien le sigue en tan flamante palmarés, el francés Max Decugis, con ocho entorchados, procede de las primeras décadas del siglo XX, cuando el torneo aún era el Campeonato de Francia. El siguiente en la lista, el sueco Bjorn Borg, ya en los años 80, se quedó en seis.

La polémica llegó mientras la hazaña se gestaba. El narrador, comentarista y presentador -no hay perfil en LinkedIn que avale su licenciatura en Periodismo- Nico Abad retransmitió la final entre el extraterrestre y el suizo Stanislas Wawrinka para Cuatro, canal de Mediaset. Le acompañaba el ex tenista ‘Pato Clavet. El micrófono devino en barra de bar y las redes sociales se llenaron de quejas sobre el escaso dominio técnico de Abad en lo tocante al deporte de la raqueta y su exacerbado favoritismo hacia el extraterrestre. Las críticas ya abundaron el día de la semifinal entre Nadal y el austríaco Dominic Thiem, por lo que el desempeño de Abad durante la final fue poco menos que previsible.

Es curioso: da igual el deporte que comente Abad (fútbol, motociclismo, tenis…), el veredicto es casi unánime entre los telespectadores: es un inútil.

El día de la final, el ánimo y recomendación general era volar hacia Eurosport, canal visible por diversas plataformas de cable y satélite, donde narraban el periodista Fernando Ruiz y el ex tenista Álex Corretja, para salir indemnes del despropósito. Descanso para los oídos, respiro para el alma.

Tener lo que hay que tener

Más allá de la opinión personal que se pueda tener sobre Abad, al narrador deportivo -que, por supuesto, debería ser siempre periodista de título- se le piden varios requisitos mínimos. El primero es conocer el deporte que se narra, a nivel de historia y reglamentación. Esto no es baladí. Parece fácil narrar fútbol, por ejemplo; todo el mundo podría hacerlo -dicen-, aunque hay veces que la armen con el fuera de juego posicional… Otra cosa es dominar diversos deportes, muy distintos entre sí, con suficiencia. Tenemos el ejemplo de Paloma del Río (RTVE), habitual narradora de patinaje artístico, gimnasia, equitación o natación con una precisión y solvencia apabullantes que para sí quisieran muchos comentaristas del llamado deporte rey.

El segundo requisito sería contar y explicar al espectador lo que sucede en el juego. El público no tiene por qué conocer a los deportistas, ni las reglas, ni el contexto del encuentro. Pero tampoco eso tiene que dar pie a comentar más sobre los antiguos clubes, los antepasados, la familia y la dieta del jugador, que sobre lo que sucede en el terreno de juego, como suele ser costumbre para rellenar. Bendito sea el recuerdo de José Ángel de la Casa y su impagable labor durante tantos años. O José Luis López narrando atletismo para Movistar Deportes. El que hoy día se abuse tanto de esta perniciosa manía no sabemos si es por disimular los escasos conocimientos de los narradores o por puro aburrimiento propio.

El tercer requisito sería narrar lo que sucede, sí, pero evitando obviedades: por eso insistíamos en el primer punto sobre la necesidad de aportar conocimientos técnicos. Sí, quizás proferir ese “y Rafa Nadal gana el punto dándole a la bola con la raqueta” que muchos tuiteros mencionaron no fue el gran hito de Abad el pasado domingo, desde luego.

El cuarto sería saber para qué tipo de medio se narra: no es lo mismo el marcado carácter literario de una crónica en prensa escrita que el correcto (y deseable) equilibrio entre pausa y emoción de la televisión, o la pasión (muchas veces atenuable, bien es cierto) de las retransmisiones radiofónicas.

Pero hoy día debería imponerse un quinto requisito: evitar el localismo y el forofismo. Es la nefasta y malsana deriva de lo que en RELEVO hemos denominado nacional-deportivismo. No se nos narra un partido de tenis entre dos buenos jugadores: se nos vocifera, con gritos, malos modos y ramplonería, la victoria de un tenista español. No se nos cuenta en una crónica qué les sucedió a los San Antonio Spurs en la NBA: se nos mencionan únicamente las evoluciones de Pau Gasol. No se glosan los méritos y virtudes de los pilotos de Fórmula 1: se nos indica, con enfado manifiesto, lo malo que es el coche de Fernando Alonso y lo impresentable que es su equipo. Y etcétera.

Contra el nacional-deportivismo en los medios

Los amantes del deporte en este país podemos ser españoles y desear por empatía que los deportistas con los que compartimos nacionalidad triunfen -con matices, por supuesto; de todo puede haber-, pero ante todo somos aficionados al deporte. Si no, habrá que empezar a distinguir entre el aficionado deportivo a secas y el aficionado deportivo españolista o nacional-deportivista, al que le da igual el deporte en cuestión, con tal de que gane el español de turno. En este último caso se puede ser nadalista, gasolista, alonsista…, por separado o combinado por deportes.

Pero una cosa es que un aficionado esté inoculado por el nacional-deportivismo, cosa respetable y comprensible… Aunque entonces habría que preguntarle si realmente le gusta el deporte y si sería capaz de disfrutar una exhibición de Federer sobre Nadal, o una paliza de Holanda a La Roja de fútbol, por ejemplo, más allá de la rabia o la decepción. Otra, sin duda, es que quien narra el deporte en un medio de comunicación también esté intoxicado.

Da igual que nos pongamos a pensar en medios públicos o privados. Casos hay a decenas y son de sobra conocidos. Hablamos de confundir la pasión inherente al propio deporte con el forofismo barato de bufanda y vuvuzela, una actitud en la que lo único que importa es que gane la Selección española o el deportista español de turno; una actitud en la que no nos molestamos en aprender los nombres de los deportistas extranjeros o su pronunciación correcta: los ridiculizamos en directo o nos jactamos de lo difíciles que son -¿alguien en la sala ha dicho Manu Carreño?-; una actitud en la que despreciamos al rival del deportista español por el mero hecho de llevar la rojigualda en el micrófono -sí, Nico, sí-; una actitud en la que los comentarios técnicos y el devenir del partido dan lo mismo si hay en juego una victoria cañí -el suplicio del Carrusel Deportivo durante las finales de cualquier disciplina de unos Juegos Olímpicos, sin ir más lejos-.

Las consecuencias del nacional-deportivismo

Desde luego, hay clases, hay niveles y hay categorías de periodistas, narradores y comentaristas deportivos. Pero no nos roben el DEPORTE en favor del nacional-deportivismo. ¿Por qué? Porque si nadie releva a Alonso y Sáinz (hijo) en Fórmula 1, el automovilismo desaparecerá del interés informativo; porque se retirará Carolina Marín y qué narices será eso del bádminton; porque Nadal abandonará las pistas y dejaremos los torneos de tenis para unos breves. ¿Ha sido la cobertura del Mundial de rallies la misma desde que se retiró Carlos Sáinz (padre)? Rotundamente, no. No recibimos información deportiva: recibimos información deportiva españolista.

Lo local se impone, no respetamos al rival, nos consideramos nuevos ricos, nos envolvemos en el “yo soy español, ¿a qué quieres que te gane?” y, encima, insultamos cuando nos derrotan con merecimiento. Da la sensación de que no hemos aprendido nada de tantos años de travesía por el desierto. Si algún sector tiene una importante responsabilidad de cambiar esta tendencia son los medios de comunicación. Sí, lo reconocemos, en RELEVO nos centramos sobre todo en deportistas españoles; eso no quita para que tratemos también historias sobre deportistas extranjeros y les tengamos en cuenta a la hora de preparar nuestros temas. Hay un espacio para el forofo: la grada. Jamás una cabina de radio, jamás un micrófono de televisión, jamás una tribuna de prensa.

Narradores, comentaristas, periodistas: el DNI no tiene cabida en una crónica, en una retransmisión, en una emisión. Por encima del sentimiento propio, está el DEPORTE, con mayúsculas. No nos lo roben. No lo prostituyan. No nos obliguen a bajar el volumen y a reducirlos a la nada, al desprecio, al olvido. Una vez más, como tantas veces reclamamos, queremos un periodismo deportivo digno, en el que la pasión no intimide a la reflexión y el respeto.

Al final, da la sensación de que el único que respeta a su rival es el deportista español, no quienes le siguen y jalean, ni quienes narran cual juglares modernos de medio pelo sus gestas. Debe ser también cosa de extraterrestres. ©RELEVO

#PorUnPeriodismoDeportivoDigno

Enviar comentario

Únete a la lista de correo de RELEVO
y entérate de todas nuestras novedades